martes, octubre 26, 2021
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¡La Fe es mi vida! Testimonio de Lucía Valdezate

¿Cómo vivo yo la Fe? Esto es lo que me han preguntado al proponerme este tema, y yo contesto sin pensarlo: Yo no vivo la Fe… ¡la Fe es mi vida!

Pienso que el ser cristiana no se trata de una manera de ver la vida, ni de una serie de reglas o fórmulas que me dicen que tengo que comportarme bien, ni siquiera un estilo de vida… El ser cristina es mucho más… es ser y vivir como el mismo Cristo Es y Vive. Por eso no me gusta decir “vivir la Fe” sino “vivir EN la Fe”.

Me tiemblan las manos al escribir esto, porque es una verdad tan verdadera que cuesta creerla, cuesta pensar que el mismo Dios me ha elegido, nos ha elegido a cada uno de nosotros para ser el mismo Cristo en la tierra.

Y bueno, yo no vengo a contaros nada extraordinario como que llevo muchos años dando la espalda a Dios y que Él ha hecho un milagro conmigo, o que a partir de una situación familiar me alejé de Dios y Él nunca dejó de buscarme (que no dudo que, si hubiese ocurrido algo así, no me habría dejado ir). NO, no he tenido lo que “aparentemente” podría entenderse como una gran conversión, o un gran milagro…pero SÍ, sí a que Dios cada día hace un milagro conmigo, a que cada día me da la oportunidad de convertirme a su Amor un poco más.

Sé que posiblemente penséis que me estoy contradiciendo… Me explico:

Soy Lucía Valdezate, tengo 18 años y desde que nací he tenido la gran suerte de recibir el Don de la Fe a través de mis padres.

Somos ocho en la familia; mis padres y mis cinco hermanos (conmigo seis), yo la cuarta de todos ellos. Desde que éramos pequeños vamos a Misa los domingos, de vez en cuando rezamos el Rosario juntos, hacemos alguna romería a la Virgen en el mes de Mayo… bueno lo “típico” que se supone que hace una familia cristiana.

Cuando era pequeña frecuentaba un club de tiempo libre del Opus Dei, además he ido a un colegio cristiano y mis padres me han formado desde una visión cristiana… Es decir; he vivido en un mundo de ambiente cristiano, y al final, de tanto oír la palabra “cristiano” te acabas cansando o lo que es aún peor, te acabas acostumbrando…

Esto es posiblemente lo que me pasó a mí, unos están alejados de Dios y se convierten, y otros parece que estamos tan cerca de Él, que nos acostumbramos. Somos verdaderamente hombres y mujeres débiles. Pero justo por eso necesitamos a Dios, que nos hace fuertes.

En ese “acostumbramiento” en el que yo vivía tenía mi propio “ritual” de cada día: ir a Misa los domingos, y entre semana (todos los días que podía), rezar un poquito cada día, también el Rosario, y si me acordaba, 3 Ave Marías por la noche, y la gente de mi alrededor que me conocía me decía: “Que buena eres”, “Te estás ganando el cielo” … Y, como es lógico, a mi me encantaba. Sin embargo, yo de vez en cuando sufría por dentro, algo no iba bien, y pensaba “Si rezo tanto, no tendría que tener ningún problema”. Pero más tarde me di cuenta de que el problema estaba justo en eso, en rezar tanto… pero no por amor a Dios, no por buscar agradarle, sino por perfección y costumbre.

Unos años más tarde coincidió la beatificación de Guadalupe Ortiz De Landázuri con unos exámenes de 2º de Bachillerato. Desde el centro del Opus Dei que solía frecuentar me ofrecieron la oportunidad de ir y yo, como es lógico, me lo pensé mucho, porque al coincidir con exámenes…

Pero Dios sabe hacer las cosas muy bien, y no me acuerdo el qué fue, pero me animé a ir.

Estudiaba a ratos en el autobús; a la ida, a la vuelta, en ratos que tenía… Y una vez ahí, en una explanada enorme, llena de gente (mucha, mucha, pero mucha gente), porque es Dios quien verdaderamente mueve nuestros corazones, algo pasó, no soy capaz de explicar qué fue, pero pasó. No me refiero a sentir algo por dentro, una señal divina o algo extraño (no os imaginéis nada raro) simplemente estaba feliz. Dios puso en mí el deseo de empezar a vivir profundamente mi Fe… hasta que la fe se acabó convirtiendo en mi vida.

Después de esto volví a casa y todo era igual (lógicamente) la que no era igual, era yo. Fue una pequeña conversión que quizá nadie haya notado, pero que a mi me ha llenado de paz.

A partir de ese momento, y en lo que respecta a mi vida actual, puedo decir que soy una chica normal, salgo con mis amigos, hago planes con mi novio, disfruto con mi familia, voy a la universidad, vuelvo, rezo… rezo con confianza de saber que (como me dijo una amiga mía); hay un abrigo que se amolda a todos los cuerpos; y eso es un abrazo, pero un abrazo de Jesús, que pase lo que pase, Él te abriga.

Y, como consecuencia de todo esto… vivo, vivo intentando poner en el centro de mis días, la oración, que es arma poderosa, y el momento donde se pueden descubrir tantas cosas como la grandeza de nuestra vida, como que nada tiene importancia si uno es verdaderamente consciente de que somos amados por el mismo Amor o algo tan impresionante como la valía del apostolado. La oración, el Sagrario… el único lugar al que puedo acudir que sé que siempre, siempre me va a sacar una sonrisa cuando lo necesito y el mejor momento para dar gracias por tenerlo a Él ahí.

Y por último pido, pero pido no solo lo que considero que es mejor para mi y para los demás, sino que me gusta pedirle lo que Él quiera: “Haz lo que quieras Señor en mí” suelo repetir, porque Él sabe mucho mejor que yo lo que me hace falta, aunque muchas veces no llegue a comprender sus planes. Pero sobre todo le pido que la gente me reconozca por ser hija de Dios, por que eso es lo que pienso que debería caracterizarnos a los cristianos que tenemos fe, vivir como verdaderos hijos de Dios y de esta forma, conseguir no vivir la Fe… sino que la Fe sea nuestra vida.

Lucía Valdezate

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