Las relaciones sexuales son un acto de entrega, no de posesión

Una relación sexual es principalmente un acto de entrega, no de posesión. Es un acto de darse uno mismo, y no de apropiación. Se pone en juego el cuerpo, sí. Pero no se trata de tomar un cuerpo, sino de recibir a una persona, al mismo tiempo que uno se entrega a ella. Y la persona no se agota en los límites de su corporalidad, sino que es poseedora de una insondable riqueza interior, la cual está llamada a desplegarse y ser la protagonista cada vez que involucro el cuerpo en una relación. El cuerpo intenta hablar, pero nada dice si no articula las palabras que brotan de ese mundo interior. Sólo en ese mundo es posible hallar profundidad y auténtica novedad en una relación sexual.

Mientras más me expongo, más me vuelvo vulnerable; mientras más me muestro, más quedo a merced del otro. Una risa, una palabra de más, un gesto de desprecio, en la superficie, duele, aunque el dolor pasa. Pero más profundo —donde puedo ser auténticamente acogido o rechazado—, puede dejar heridas difíciles de cerrar. Y sin embargo, sólo a ese nivel es posible un auténtico encuentro personal, sólo a ese nivel es posible una auténtica aceptación de la persona, una auténtica comunión.

Es precisamente el amor lo que hace posible que me entregue al otro totalmente sabiendo que voy a ser aceptado, y reciba al otro en igual medida. No hablo aquí de amor como sentimiento, sino de amor como decisión, como propósito firme de buscar siempre y en todo momento el bien de la otra persona. Y una entrega radical como se da en una relación sexual reclama un amor radical: exclusivo, incondicional, hasta la muerte, abierto a todas sus consecuencias. Hablo de un amor matrimonial.

Daniel Torres Cox en Ama fuerte