lunes, octubre 18, 2021
Confinadas por Amor
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De la orilla a mar adentro

Soy Marta. Tengo 20 años. Nací en Barcelona en una familia católica. Soy estudiante de medicina, amante de las amistades y del surf, fan de la buena fiesta y del Gintonic.

Desde enana he crecido empapándome de la fe que mis padres y colegio me iba transmitiendo. Siempre he creído en Dios y nunca he dudado de su Amor, pero a medida que pasaban los años fui perdiendo esa delicadeza del trato con Él. 

Con 16-17 años empecé a ser una dominguera en toda regla, que iba a misa los domingos por costumbre. Era una chica muy normal a la que externamente no le podía faltar de nada. Tenía buenos amigos con los que hacíamos planes guais, tenía buena relación con mi familia, estudiaba duro, solía hacer algún voluntariado puntual por la ciudad, me gustaba salir de fiesta y liarla parda con los míos, veraneaba en el norte donde nos pasábamos el día cerca del mar. Podía parecer una vida perfecta y llena. Pero no era así. Estaba vacía. Estaba muerta espiritualmente. No estaba cerca de Él. No le trataba. No Le conocía. Tenía la figura de un Dios bueno en mi cabeza, pero a la vez una figura lejana. No Le tenía como referente de mi vida. No le daba ningún sentido a esa vida llena de regalos que Él me había puesto al lado. Simplemente vivía creando y metiéndome en un prototipo de chica de bien. No le veía detrás de ningún plan/fiesta de las que yo tanto disfrutaba. Ya no le veía ni en las misas «tradicionales» de los domingos.

Empecé la universidad y la vida aparentemente llena que llevaba iba creciendo a nivel exterior: amigos nuevos, planes nuevos, más copeos. Seguía escondida en esa máscara de farrera y divertida. Donde yo iba, iba la fiesta, pero Él no iba. Estaba cada vez más metida en un no parar de ruido exterior.

En algunos momentos puntuales conseguía pararme y veía que había algo que no cuadraba en esa vida que llevaba. Yo venía de un colegio católico, familia católica, amigos católicos, incluso yo misma era «católica», pero no me enteraba ni del clima. Empecé a pensar que el ser católico no podía ser algo tan cutre y aburrido como lo que yo estaba viviendo. Tenía que haber algo más detrás. Fue entonces cuando empecé a plantearme cuestiones de fe a fondo.

A principios de 2º de carrera fui a un retiro de la Obra sin saber muy bien lo que buscaba. Pero estaba claro que estaba sedienta y cansada de beber de fuentes que me hacían tener más sed. Fue ese retiro que me despertó y pude ver con mis propios ojos la inmensidad del Amor del Señor. No solo salí de ahí con una alegría y paz sobrenatural, sino con la pregunta de ¿cómo podía yo corresponder a ese Amor? Era consciente de mi enanez y torpez como persona, pero estaba dispuesta a darme para corresponderle al máximo. «Marta, deja tus puestos y sígueme», fue así como me pidió entrar en mi vida. No fue algo de un día para el otro, poco a poco le iba abriendo puertas para que fuera entrando. Iba pasando de ser una Marta juerguista sin sentido, a una Marta loquilla de la vida, pero en concreto, de la vida con Él y con los demás. A medida que le iba dejando entrar, los planes y copas con amigos, las cenas en familia, los momentos de estudio empezaban a cobrar vida y sentido. 

Quería ser la mejor cristiana posible y me lancé a ello. El camino era abandonar la comodidad en todos lo ámbitos de mi vida y empezar a seguirle de verdad. Era lanzarse mar adentro y dejar atrás las orillas. Esto sí que era motivo de fiesta. Era plantearme el cristianismo siendo una rebelde, una inconformista, yendo a contracorriente en todo, jugándome la vida en cosas aparentemente pequeñas por algo grande, por algo que vale mucho la pena.

Soy una afortunada. Pero no una afortunada por las facilidades externas de mi vida, sino por la fe que el Señor me da. Solo hay un regalo en esta vida, y éste es la fe. Es el mejor regalo que nos puede dar Dios, y por eso es clave cuidarlo al máximo poniendo las facilidades para que el Señor vaya entrando en lo más hondo de nosotros, y nuestra fe vaya creciendo. 

Recuerdo perfectamente que el día del Sí a seguirle de cerca sentí las ganas de gritar a los cuatro vientos que era ya una cristiana, y que no quería nunca más perderLe de vista. Pero no bastaba con decirlo, había que demostrarlo. Había que empezar a vivirlo. 

 

Marta Argelés

 

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