«Tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos»: esto que hemos escuchado en la Antífona de entrada (SB 18,14-15) se cumplió.

Porque «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (R. del Salmo Responsorial y Evangelio: Jn 1,14).

Como dice el libro del Eclesiástico: hablando de la Sabiduría de Dios, la Palabra: «El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció el lugar de mi residencia: –Habita en Jacob, sea Israel tu heredad» Y así sucedió. Allí nació el Redentor.

Dios nos ha dado Su Palabra, y no tiene otra. Todo lo ha dicho en Jesús y ya no tiene más que hablar.

Por eso después de su venida parece que el Señor se queda mudo, porque ya no tiene más que hablar.

Y el que ahora quisiera que Dios le respondiera, o buscase tener una visión, no sólo sería una tontería, sino que haría un agravio a Dios.

Lo nuestro es poner nuestros ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa, porque Jesús es su Palabra eterna.

(San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2, 22, 3 – 5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184. )

Antonio Balsera

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