San Isidoro de Sevilla. La luz de Cristo en medio de las tinieblas del Mundo. Fiesta de San Esteban mártir.

Todos os odiarán por mi Nombre; el que persevere hasta el final se salvará. Mateo 10, 22.

La entrada en la universidad es siempre todo un reto para cualquier joven católico que se precie. Así fue para mí, ya que mi elección por la Complutense me ponía ante una de las universidades más anticlericales e ideologizadas de España. Para combatir todos los ataques que reciben los católicos allí es necesaria no solamente tener un amor profundo por Cristo sino también una formación profunda y detallada de la cultura cristiana; algo que a muchos colegios creo que les falta.

Gracias a Dios, yo tenía a mi hermano mayor, un gran intelectual que me recomendó libros y me previno sobre el ambiente de estas facultades, él había estudiado Filología Clásica en el mismo edificio al que yo acudiría. Sus avisos, sin embargo, encendieron en mí el deseo de llevar a Cristo allí donde era más necesitado.

Recuerdo el primer trimestre buscando católicos en mi clase como una loca. Mi hermano me presentó al capellán de nuestra facultad al poco de entrar, que daba misa de 8:00 de la mañana casi todos los días pues las primeras clases empezaban a las 8:30; en la pequeña y sobria capilla de la facultad, donde me sentí celebrar la fe casi como en las catacumbas (es una pequeña exageración).

Al fin, en torno a la Navidad, el capellán me puso en contacto con un grupo de estudiantes que estaban organizando una campaña de recogida de alimentos. Así conocería a José Antonio, un converso falangista que sería el fundador de San Isidoro de Sevilla, la asociación que me acompañaría durante mi carrera universitaria. Comenzamos nuestras primeras reuniones en la sacristía acudiendo 5 estudiantes; de diferentes carreras de la facultad: Filosofía, Filología Hispánica, Filosofía y Derecho… Sería el comienzo de mi principal grupo de amigos y de mi fuerza y fortaleza en medio de las tinieblas del mundo.

Al poco pedimos la autorización para formalizarnos como asociación oficial. Había nacido San Isidoro de Sevilla. Fueron clásicas las reuniones de los lunes después de las clases, en las que primero rezábamos el rosario en la capilla, después teníamos una charla de formación con debate y por último nos bajábamos a la cafetería a comer juntos. Encontré en ellos el mismo deseo de hacer presente a Cristo allí donde más faltaba, y su profunda conciencia de defensa de nuestra fe. Nuestras conversaciones eran profundas y siempre en pos de la Verdad.

Además de estas reuniones semanales, organizábamos las llamadas Jornadas de Catolicismo, una serie de conferencias en torno al pensamiento cristiano durante una semana, en las que invitábamos a profesores competentes en ello de diferentes universidades; la adoración eucarística todos los jueves y los retiros con las hermanitas del Mater Dei.

¿Sufrimos persecución? Precisamente este grupo surgió después de un intento de la dirección de la universidad por cerrar nuestra capilla. Yo personalmente recibí más ataques de parte de los profesores que de mis compañeros de clase (con alguna excepción), aunque todavía recuerdo como una amiga de San Isidoro del Camino Neocatecumenal me contaba como los compañeros la habían puesto verde después de que ella les enviase el cartel de las Jornadas por el grupo de Whatsapp.

En el segundo curso nos leímos “La restauración de la cultura cristiana” de John Senior y después lo comentábamos. John Senior había sido profesor en la Universidad de Kansas de EEUU durante los años 60, y junto a otros dos profesores consiguieron la conversión de muchos alumnos. También a veces leíamos pasajes de “Las confesiones” de San Agustín o “La imitación de Cristo” de Tomás de Kempis y otros libros religiosos. Debido al Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús, realizamos una peregrinación al Cerro de los Ángeles.

Antes de comenzar el tercer curso, nuestro fundador nos dio la buena noticia de que entraba como benedictino en la Abadía del Valle de los Caídos. Cogió el relevo Andrés, que había estudiado en un colegio del Opus Dei, un tomista hasta la médula. Con él nos introducimos en la historia de la Iglesia comentando encíclicas de los Papas de antes y después del Concilio Vaticano II. De esta forma fuimos conscientes de la sabiduría de la tradición católica a lo largo de los siglos.

Al llegar el Covid, y no poder organizar las Jornadas en mi tercer año; no nos rendimos y pasamos a hacer encuentros online, a través de la plataforma Zoom. Ya con vistas a mi último cuatrimestre de universidad, solo puedo dar gracias a Dios por este grupo, que me ha sostenido y ha fortalecido mi fe ante las dificultades, y que ha hecho de mi experiencia universitaria una aventura, la aventura de ser sal y luz, y de vivir la vida entregándola a Cristo.

Belén Gómez Carmena

Artículo anterior«Itinerario de novios». Testimonio de Chema y Cristina
Artículo siguiente#HilodeSoul