¿Por qué una buena pregunta es la mejor respuesta?

La vida se nos presenta en muchas ocasiones como un mar de preguntas que necesitan respuesta. Tantas angustias, retos, sacrificios o, simplemente, vacíos, parecen pedirnos una solución, en nuestra búsqueda de la felicidad. Tras este año 2020, en plenas fechas navideñas, deseamos una época futura mejor, aun sabiendo que está en nosotros lo que buscamos, y no en un calendario.

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14:6), resuena en nuestros corazones tras épocas de incertidumbre y necesidad, persiguiendo una seguridad y un sentido. ¿Quién no ha pasado por malas épocas? ¿Quién no ha tenido momentos más duros que otros? El curso de la vida nos reta a lidiar con una serie de altibajos, los cuales nos impulsan a exigir una realidad incorruptible, estable y satisfactoria; algo bueno que no cambie nunca. Jesús, sin duda, es el Camino a ello, pero el recorrido es personal de cada uno. Jesús no nos hace pensar en la meta, sino en el Camino, que es la Verdad y la Vida.

Y ese recorrido conlleva esfuerzo, se aprende, no es fácil. El cansancio que ese esfuerzo por hallar lo inmutable nos provoca solo puede ser compensado por la grandeza de esa búsqueda, en sí. La gracia de esa incertidumbre no es encontrarla satisfecha, sino el crecer personal y espiritual que nos ofrece. Y claro que lo fácil es dejarse guiar por alguien que te llene el vacío o evite tus miedos o, incluso, cumpla tus deseos, pero es en la adversidad donde uno reconoce la paz que tanto necesita.

Igual que las piedras, las cuestas y los interminables kilómetros que se encuentra el peregrino en el Camino de Santiago, nos puede abordar la desesperanza o la visión de un luchar inútil. En esos desesperados momentos, amar la causa debe empujarnos a seguir esforzándonos, como el montañero valora el ascenso cuando observa la cima desde la llanura (El profeta, Khalil Gibran). Y esa desesperanza existe y nos derrumba, pero no solo es la pregunta que queremos resolver, sino la respuesta.

Por cada esfuerzo que realizamos en la vida, esperamos una compensación, una conquista, un premio; y al no obtenerlo, nace la frustración. Esperamos, exigimos, necesitamos, y el resultado no se corresponde con nuestra expectativa porque la vida es el regalo que Dios sabe que necesitamos, pero quizá no es por lo que rezamos. Y resulta que el premio mayor de ese esfuerzo es el esfuerzo en sí, lo que nos eleva al Cielo, lo que nos acerca a los demás; no la meta, el recorrido; no el final, sino el Camino.

Y eso es todo lo que acabamos teniendo. Esa lucha y ese esfuerzo. Por eso hay que amar desmedidamente por lo que trabajamos, porque no hay mayor premio que ese trabajo; lo que nos hace ser quienes somos, lo que nos define y guía. No puedo esperar la plena felicidad de madrugar cada mañana para ir a misa porque la recompensa es hacer ese esfuerzo. No puedo pretender que me llene estar todo el rato con la persona a la que quiero porque echarla de menos es lo que me hace saber cuánto la quiero.

Amar a los demás no es resolverles los conflictos, satisfacer sus necesidades de forma inmediata. Amar a los demás es acompañarlos en la búsqueda, en el aprendizaje, hacerles sencillo el caminar, ya bien ayudando o a un lado, dejando espacio, con paciencia y cariño, sin pretender que vayan a la par, pues cada uno tiene su ritmo. Y Dios siempre estará ahí cerca, en el guía, en la tierra, en las manos del que te ayuda a levantarte tras la caída.

Antonio V. D. Sierra Maestro-Lansac