Cristianismo líquido

Zygmunt Bauman considerado como el mejor sociólogo del siglo XX, es el creador de una corriente de pensamiento que llama la sociedad líquida, el amor líquido, la educación líquida…  Quiere expresar con esos términos que adaptamos nuestras formas y modales, nuestro amor y nuestra educación al recipiente que deseamos, como igualmente se hace con los líquidos: agua, aceite, vino… En el fondo, lo que se hace es preparar para aquellas convicciones una vasija en la que prime nuestro interés, nuestro capricho, nuestra ganancia o éxito.

También hay un cristianismo líquido. Es el fruto de adaptar la vida cristiana a un interés o conveniencia personal, es decir, a un continente en el que no hay compromiso ni vínculos estables.

Caso del cristianismo líquido es el del joven, también puede ser del adulto, que rompe con Dios porque estima que ha llegado a la madurez. Y por eso, desaparece en su vida la misa dominical, la frecuencia de sacramentos, la vida de oración, la caridad y algunas otras virtudes o convicciones en las que fue educado.

Sin embargo, no es cierto que esto sea consecuencia de su madurez. No! más bien es fruto de la ignorancia. Es el mismo recorrido que se observa en el amor líquido: se rompe el matrimonio, no por madurez, sino por el capricho ante una nueva aventura o por la ignorancia de no haber conocido que el amor es sacrificio, y por eso, se acepta y acoge a la persona amada aunque haya que vivir con algunas costumbres que no conocíamos de él o de ella, porque no profundizamos en su conocimiento, cuando la tarea (noviazgo) era justamente ese su cometido fundamental.

El amor líquido, la educación líquida, el cristianismo líquido es muy parecido, prácticamente casi igual, que el vino con el que no se observó el principio ordenador que debe existir entre alcohol, agua y tanino. Una copa de buen vino contiene agua, alcohol y tanino. Pero es vino gracias a un principio ordenador. Si este principio se altera, por ejemplo, poniendo un poco más de agua, eso ya no es vino, es otra cosa. Lo mismo ocurre con el cristianismo líquido. Ya no es cristianismo, porque haciendo lo que yo quiero, lo que más cómodamente me viene bien, pierdo la esencia de la vida cristiana que justamente consiste en el seguimiento a Jesucristo y a su Palabra. Ya que Él es el camino, la verdad y la vida.

Ahora llegamos a la Navidad. Y podemos hacer dos cosas: mundanizarla con regalos y fiestas o cristianizarla dándole a nuestra vida un único sentido: la búsqueda de la plenitud del amor. Sin olvidar lo ya dicho: el amor es sacrificio y vida en la verdad.

Publicado por Julio Gallego en Excelencia en la educación