viernes, octubre 22, 2021
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Dios siempre es la mejor opción

¡¡Hola!! Seguramente no nos conozcamos, o sí, quién sabe. Tampoco sabemos si nuestra historia podrá servirte. Por no saber, no sabemos ni a quién llegará este testimonio. No consideramos ser ejemplo, ni mucho menos, para nadie, pero esperamos que, con nuestra experiencia, alguien pueda sentirse identificado. Además, la peculiar forma en la que hemos recibido la invitación a escribir estas líneas nos ha vuelto a hacer caer en la cuenta de que Dios se sirve de cualquier medio para llegar a nosotros. Y… ¿Cómo íbamos a rechazar una invitación del Señor a darlo a conocer? Esperamos que este testimonio te sirva para darte cuenta de que Dios tiene preparado algo grande para ti.

Somos Carmen y José María, dos jóvenes cordobeses de 20 y 21 años respectivamente. Desde pequeños, siempre hemos tenido presente a Jesús, pues en casa hemos recibido una educación católica. Ambos hemos estado en colegios religiosos, y nuestros padres han estado muy vinculados a la Iglesia, siendo partícipes de Equipos de Pastoral, Juntas de Gobierno de Cofradías, Grupos de Catequesis, Coros… Como el resto de los niños de nuestra edad, recibimos los sacramentos de iniciación a la vida cristiana, y poco a poco fuimos afianzando nuestra relación de amistad con Jesús a través de la catequesis del colegio y del testimonio de nuestras familias.

Todo cambió cuando, acabada nuestra etapa escolar, comenzamos la vida universitaria. Tal y como nos habían inculcado nuestras respectivas familias, ambos pertenecíamos a los grupos de catequesis de nuestros colegios, colaborábamos en nuestras Hermandades, así como otros grupos Diocesanos, y por supuesto participábamos de la misa del Domingo, como forma de continuar con la tradición familiar.

Aquí fue cuando nos conocimos y entre muchas de las conversaciones que teníamos, ambos coincidíamos en que la relación que teníamos con Jesús seguía manteniéndose, pero no con la misma intensidad con la que habíamos sentido cuando eran nuestros padres y el colegio, los que nos empujaban en el camino de la fe. En este momento de nuestras vidas veíamos que la Iglesia nos hacía una propuesta de vida que creíamos imposible de llevar a cabo. Ante lo que considerábamos una utopía, lo fácil, y por supuesto, lo que hicimos, fue vivir según marcaba la sociedad: haciendo lo que era más apetecible en cada momento, sin pensar en las consecuencias que pudiera tener el no hacer el bien, o lo mejor para los demás. En definitiva, nos estábamos perdiendo a nosotros mismos.

En muchas ocasiones, los Domingos íbamos a misa juntos, con nuestros amigos. Era algo casi habitual, a lo que no dábamos valor. En las conversaciones que teníamos con nuestros amigos, nos surgían inquietudes tales como “¿Qué quiero hacer de mi vida?” “¿Qué espera Dios de mí?” “¿Estoy realmente siguiendo su voluntad?” “¿Puedo arreglar todo el daño que he causado en otras personas?” “Si ni siquiera yo me he perdonado mi pasado, ¿Lo hará Él?” y por supuesto, ninguna de ellas podía encontrar respuesta en nuestra razón.

A raíz de conversaciones y confesiones con los sacerdotes que nos habían acompañado desde pequeños, comenzamos a darnos cuenta, de que todas las preguntas que teníamos y todos los baches que atravesamos, sólo encontraban sentido a la luz de Cristo. A partir de este momento, comenzamos a ver que Dios nos daba una nueva oportunidad para vivir como Él quería que viviésemos. Y fue en una Eucaristía a la que fuimos los dos juntos, cuando nos dimos cuenta de que Dios estaba poniendo a nuestro lado la persona con la que empezar de cero, pero esta vez, para hacer su voluntad y seguir un proyecto de vida en el que Él estuviese en el centro. Por supuesto, todo transcurrió en un largo periodo de discernimiento, pero con el tiempo, nos hemos ido dando cuenta de las señales que nos iba poniendo el Señor, y del plan de vida que quería para nosotros.

Sentimos que el comienzo de nuestro noviazgo fue una llamada de Dios a algo grande. No sabíamos muy bien lo que nos podía deparar, tan solo decidimos confiar en Él, diciéndole “Sí” y, desde entonces, no hemos dejado de agradecérselo. Nos hemos ido acercando primero a Él para así poder darnos al otro. En este proceso, ha sido muy importante el periodo de confinamiento que vivimos al comienzo de la pandemia. Durante esos meses, fuimos conscientes de la importancia que tenía nuestra familia, nuestros amigos y, sobre todo, Dios en nuestras vidas.

A través de la oración le pedíamos que nos mostrase señales. Y qué mejor señal que sentir que estamos siendo coherentes con lo que la Iglesia nos propone para ser fieles seguidores de Jesús. Para ello es necesario haber interiorizado y profundizado en la educación, principios y valores que nos habían inculcado nuestros padres, y que habíamos dejado un poco de lado. Creemos que seguir su ejemplo es la mejor forma que tenemos los hijos de ser agradecidos con nuestros padres.

Aunque a veces nos sintamos un poco a contracorriente de lo que el mundo propone, y de lo que nosotros mismos habíamos sido partícipes; la compañía de nuestras familias, amigos, y del mismo Jesús, nos ayuda a caer en la cuenta de que el compromiso, fidelidad, entrega, paciencia, perdón, comprensión… en fin, el amor, siempre es la respuesta que debemos tener ante la vida. Además, hemos entrado a formar parte de un grupo de catequesis de novios que nos ayuda a seguir formándonos en nuestra fe y, lo mejor de todo, es que hemos conocido a otras parejas que siguen el mismo camino que nosotros.

Ya nos conocéis algo más, y como habréis podido leer, somos dos personas muy normales, con más errores e inquietudes que aciertos y seguridades a nuestras espaldas. El mensaje que queremos transmitir es que nunca es tarde para tomar la decisión de querer vivir según nos propone Jesús y nos enseña la Iglesia. No es que merezca la pena, sino que vale toda una vida. Sentir que somos débiles por naturaleza no debe ser una frustración, sino la alegría de saber que solo en Cristo podemos encontrar la fuente de fortaleza que necesitamos para ser verdaderamente felices.

Carmen Triviño Consuegra y José María Benavides Pérez

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