«Me alegro con mi Dios»: hemos oído que exultaba Isaías en la Primera lectura (61, 10B). Y el lema de este domingo podría ser algo parecido: «estoy contento con Dios».

Sin embargo las personas mayores suelen tener otro lema que repiten con frecuencia: «La salud es lo principal».

Por eso no es extraño que San Pablo dijese a los primeros cristianos: «estad siempre alegres» (1 Ts 5,16-24: segunda lectura de la Misa).

Un amigo ha publicado un libro que se titula «Amar y ser feliz». Pero en realidad podría titularse también: «Amar es ser feliz». La persona que en su vida se «roza» con el Amor de Dios llegará a la felicidad.

Y esa persona que ha sido «untada con el Amor de Dios» «desborda» de alegría y trasmite la felicidad a los demás (cfr. Is 61, 1-2 a.10-11: Primera lectura de la Misa).

«Me alegro con mi Dios» repetimos hoy los cristianos (Is 61, 10B: Respuesta del Salmo).

A veces nos preguntamos si el Señor estará contento de nosotros, y es bueno hacerlo así. Pero también nos ayuda pensar si nosotros estamos contentos con Dios.

Una de las cosas que más dificulta la santidad es el espíritu de queja. Por eso los santos han dicho y escrito que «el que se queja no es buen cristiano».

Eso lo decía San Juan de la Cruz, que por ser hoy domingo no celebramos su fiesta. Pero nos acordamos de él por el buen ejemplo que nos dio. Sufrió mucho, pero con alegría.

«Estad siempre alegres» nos dice San Pablo, y esto es difícil. Pero también es verdad que nos da la solución: «Sed constantes en la oración».

Efectivamente, la oración es la mejor medicina contra la tristeza. La infalible «tableta OKAL» que anunciaban en televisión.

El Evangelio (de la Misa de hoy) nos cuenta que San Juan Bautista decía: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis» (Jn 1, 26).

Tenía mucha razón y la sigue teniendo: cuando no estamos alegres, es porque no sabemos descubrir que el Señor está en medio de nosotros.

Porque la música del cristianismo es la alegría desbordante.

Por eso hemos de pedir: –Señor: que los malos sean buenos; y los buenos, simpáticos.

Porque los santos han sido personas que han estado contentísimas de Dios. Precisamente, la oración que se conserva de la Virgen es así: exultante, por lo bien que se portaba el Señor con Ella (cfr. Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54: Salmo responsorial).

La oración de María es como el desbordarse de felicidad de un niño cuando recibe los regalos de Reyes.

Todavía me acuerdo de la expresión de mi hermana pequeña la noche de un 6 de enero. Al verse rodeada de las cosas que había deseado, gritó: –¡Viva la Pepa!

Antonio Balsera (sacerdote)

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