Según he avanzado en la lectura de esta novela he entendido el porqué del interés de la autora por dejar claro que no es realidad. Ni las personas, ni los lugares –salvo por aproximación-, ni los hechos. Y es que esta novela es tan “real” que cuesta creer que es ficción. Las personas están vivas. Especialmente Kate, quien narra la historia.

Creo que hay algo especial en esta novela y es que el lector se mete en la conciencia del protagonista. No juzgamos por algunos hechos, estamos observando sus remordimientos, sus culpabilidades y sus conversiones. Creo que se podrían decir muchas cosas, y espero que entre unos y otros vayan saliendo, pero me voy a quedar con una anécdota que me parece especialmente significativa, un pequeño texto de la página 65: Un día Matt y yo habíamos visto a una pequeña araña que intentaba sacar una cachipolla tres veces más grande que ella de un hoyo que había en la arena. La arena estaba seca, y cada vez que la araña remontaba la pendiente, los bordes del hoyo cedían y la araña volvía a caer al fondo. Lo intentaba una y otra vez, sin cambiar nunca de ruta ni aflojar el ritmo. Matt me dijo: «La pregunta es la siguiente, Kate: ¿es muy tozuda o tiene tan poca memoria que olvida lo que ha pasado hace dos segundos y siempre cree que lo está intentando por primera vez?»
Estuvimos observándola casi media hora y, al final, para gran alivio nuestro, lo consiguió, así que decidimos que no sólo era muy tozuda, sino también muy lista.

Reseña de Ángel Cabrero Ugarte para Club del lector

Artículo anteriorPitingo y otros artistas cantan a beneficio de Cáritas
Artículo siguienteUna preciosa historia de conversión