lunes, octubre 18, 2021
Confinadas por Amor
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Testimonio de la familia Utrera

El día se presenta nublado y húmedo, y aún así hay gente fuera de la iglesia de San Juan de Ávila. No porque no quieran entrar, sino porque no pueden; el aforo está completo. Dentro reina un silencio profundo, cargado de respeto y emoción, expectante a la espera de la familia que nos ha reunido a todos allí con un mismo sentir.

Interrumpe el silencio mi amiga querida, que entra presurosa por el pasillo central, no sin antes inclinarse ante el Sagrario, para dejar a los pies de la estatua de la Virgen María un ramo de flores. La sigue su madre con una gran corona florida y más regalos de suave olor, que entre las dos depositan delante de la Madre del Cielo, como queriendo ofrecerle todo desde el primer momento.

Van hacia la entrada uno, dos, tres… muchos sacerdotes, un diácono y varios acólitos, de
caras amigas bajo la mascarilla, a recibir a los recién llegados. El papá de mis amigos descansa en su lecho de madera, y la asamblea acompaña con la mirada y el corazón a su familia, que camina mano con mano hacia el altar como una dolorosa procesión del Vía
Crucis.

El sacerdote celebrante, amigo de la familia, empieza la Eucaristía, Sacrificio por excelencia y ofrecido hoy por Jesús Utrera y su eterno descanso. Nos sentamos para escuchar la Palabra de Dios y se levantan las dos hermanas a proclamarla. Con una entereza ejemplar, la hija mayor pone en su voz la súplica de Job ante el sufrimiento, y la pequeña canta el salmo diciéndonos a todos que el Señor es su Pastor y que nada le falta. Sus lágrimas pasan a ser las nuestras. Qué serenidad les regala el Dulce Huésped del alma, el gran Consolador.

El dolor se mezcla dulcemente con la alegría por la proximidad del Evangelio, que llena todos los rincones del templo con la canción “Aleluya cantará quien perdió la esperanza y
la tierra sonreirá”. Otra lección magistral para quien cree que en el sufrimiento no puede
haber dicha. El diácono proclama el pasaje de la Muerte y Resurrección de Jesucristo,
recordando el profundo dolor ante la Cruz de la Madre y los discípulos, y el sorprendente
anuncio a las mujeres delante del sepulcro vacío. El sacerdote amigo dirige en la homilía
tiernas palabras de consuelo a la familia y acompañantes, asegurando el poder de la intercesión de toda la Iglesia por la salvación del padre, con los ejemplos de San Agustín
por su madre Santa Mónica, y del justo Job. Recoge al final las palabras que muchos presentes tenemos en el corazón con un inmenso GRACIAS a la esposa y los cuatro hijos
por su impresionante testimonio de Esperanza que, como yo, mucho pueden atestiguar
que así era y es.

En el momento de las peticiones, se levanta mi querido amigo, el tercer hermano, y respaldado por la oración de la Iglesia allí presente y universal, ruega a Dios por su padre,
con un fervor y fortaleza heroicas. No sabéis lo impresionante que es escuchar a un amigo pedir con confianza a Dios por la salvación de su padre y su propio dolor.

Luego comienza el ofertorio, pero sólo en vista de todos, porque seguro que, a los ojos de
Dios, la familia ya le habría ofrecido todo lo vivido, de lo que las flores a la Virgen eran sólo un ínfima parte. Durante la preparación del altar y la incensación, mi amiga la pequeña canta desde el coro como le gusta hacer, y aunque siempre es un gusto escuchar su potente voz, hoy suena especialmente celestial, junto a sus amigos acompañándola con los instrumentos. “Padre Santo, tu pueblo te ofrece estos dones que Tú mismo das, en el gozo y en la acción de gracias por Tu infinita Bondad”. Mi corazón encogido al reconocer en sus palabras que ese don del que habla es su propio padre, que Dios les dio y hoy le devuelven, dándole gracias por el regalo de su vida.

“Oh, qué grande es, Señor, el Misterio, por el cual Tú nos unes a Ti. Nuestra vida recibe en Tus manos como una ofrenda de Amor”. La perfecta unión de su sufrimiento con el Misterio de la entrega de Nuestro Señor en la Cruz. El sacerdote pone su súplica en palabras durante la plegaria eucarística, regada por el canto de un alegre Santo, que nos recuerda que estamos hechos para el Cielo, nuestra verdadera Patria, y del que la muerte es sólo la puerta de entrada.

¡Santo es el Dios del Universo! ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito El que viene en el Nombre del Señor!

En el momento culmen de la celebración, Jesucristo se hace presente en la patena y el cáliz en cuerpo, sangre, alma y divinidad, tras las palabras de Consagración del sacerdote. Él es la respuesta a todo dolor, toda confusión, todo sinsentido. Con su Presencia silenciosa en el altar, firma su declaración de Amor a la sufriente familia que no cesa de mirarle desde su valle de lágrimas.

A Dios hecho sacramento, cada sacerdote le ruega por la Iglesia, por el alma de Jesús y su eterno descanso, por el consuelo de su familia, y toda la asamblea acompañamos su oración en nuestros corazones y con un sonoro “amén” al final. Por Cristo, con Él y en Él, todos pedimos en la familia de la Iglesia por nuestros amigos, unidos en un mismo Cuerpo
y con un mismo Corazón, con la oración del Padrenuestro. “Hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo…” Qué difícil es pronunciarlo cuando lo que aceptas es la despedida de tu padre, de tu amigo y padre de tus amigos, pero la Fe da sentido y la Esperanza, fortaleza para hacerlo.

En nombre de todos, el sacerdote ruega al Príncipe de la Paz que nos dé la suya en medio del duro presente, y nosotros la compartimos en familia a la distancia. El amor es creativo y el virus no tiene la última palabra.

Sobre las 11:00 de la mañana, el Cordero de Dios se dejar partir en las manos del sacerdote, como en otras tantas partes del mundo y desde hace más de dos milenios, en el signo de Amor más perfecto y humilde, y se deja comer para llegar a lo más hondo de nuestro ser. Allí, en el silencio y la intimidad, habla al alma y la acuna entre Sus brazos,
consuela el dolor y sana las heridas abiertas del corazón como sólo Él sabe, porque Él también ha experimentado ese mismo sufrimiento. Mientras, el coro acompaña este dulce
momento cantando “Entre Tus manos está mi vida, Señor… hay que morir para vivir”. Frente a la desesperación del dolor, la familia elige el abandono y la confianza en Dios, y
lo muestran en todo momento.

La misa va llegando a su fin y todo está entregado. Sólo queda la última obra de Misericordia y, después de que el presbítero ruega a Dios por Su hijo que resucitará en cuerpo y alma en el Último Día, salen en procesión hacia la entrada del templo entonando
“Esta es la puerta del Señor, los vencedores entrarán por ella”. La victoria no es de la muerte y su doloroso aguijón; la victoria es de Nuestro Dios.

Como a cámara lenta, el ataúd entra con suavidad en el coche fúnebre y mi preciosa amiga observa atenta, en un adiós silencioso de la pequeña de la familia a su papá. Desde dentro llegan retazos de música entonando “Tomad, Virgen pura, nuestros corazones… no nos abandones jamás…”. Todo tuyo, Madre. Todo tuyo, Señor.

Este momento de Gracia que viví hace 2 semanas ha quedado grabado a fuego en mi corazón. En este humilde intento de recoger en palabras los detalles, mi único objetivo es
recordar que el sufrimiento, vivido con sentido, es un regalo que devuelve la mirada al Cielo.

Dedicado a Mar, Sara, Juan, Pablo y María.
Gracias por vuestra Esperanza.

María Isabel Alonso Panduro

 

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