“Le podrán por nombre Enmanuel” (Mt 1,18-25)

Comienza un nuevo tiempo de Adviento, un tiempo de esperanza, de soñar a lo grande por lo que de verdad merece la pena, por lo que el mundo necesita de nosotros, tomando con fuerza interior nuestra vida, que cada despertar sea nuestro sueño en el todo o nada por el Señor, aquel que nos amó primero.

Hemos vivido meses difíciles, de sufrimiento de heridas, de historias rotas por un virus. Como cristianos estamos llamados a la continua conversión de nuestra vida, a darnos por los demás con generosidad, con una escucha activa en la Palabra de Dios, poniendo toda nuestra vida en la Esperanza, aquella que no defrauda, que vence todas nuestras dificultades, que es manantial de dulzura en el sueño de los despiertos. Esa esperanza cierta que alguna vez todos poblaremos en el cielo.

La filosofía nos ha enseñado a moderar las imaginaciones, donde las emociones no pueden atacar a la sabiduría. Estos días no quiero abrazarme en la pena ni en la duda, sino en la valentía ,en la bondad y en la sonrisa, de aquella Madre buena, que nos dio la mejor lección: Ser la Madre de Jesús. Recuerdo aquel fragmento de Marcelino Pan y Vino “¿Y cómo son las madres, que hacen?, responde Jesús: Dar siempre dar”.

No quiero alimentar la soledad de los días vacíos, sino vivir la sencillez del encuentro fraterno, donde aquel que está a nuestro lado abrazado en la pena, por esas noches que duermen por tantas preguntas sin respuestas, por esa claridad del agua que apacienta los pensamientos, donde la caridad es la virtud del corazón y de las manos, como decía la Madre Teresa de Calcuta “Un corazón para amar y las manos para servir”.

En estos días que todo son recuerdos cuando el silencio parece ameno, no tengamos nunca deudas con aquellos que a veces nos critican, ellos también son nuestros hermanos, seamos almas de fuentes buenas, que se conocen en las grandes sequías cuando el viento no sopla a favor, no tengamos miedo a esa incertidumbre que asola a veces nuestras vidas.

Jesús, el Enmanuel volverá a nacer en nuestras vidas, muchas veces secas y otras tantas regadas, de historias, de ausencias y de recuerdos, donde los incontables, aquellos que la sociedad deshecha son el verdadero rostro de Jesús en la tierra, en las fronteras y en los márgenes de la existencia, allí donde habita la incomprensión también hay un mundo extraordinario, donde las personas son el rostro humano de ese Dios con nosotros, donde la vulnerabilidad y las injusticias, den paso a las acciones cotidianas, donde habla la Esperanza en la dignidad de cada persona.

Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento
se abrirán a la esperanza”

Benjamín González Buelta S.J

Pongamos toda nuestra vida y confianza estos días en la Virgen María: “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo” Judit 15,10

Alberto Diago Santos