Qué es el Adviento en nuestro convento de contemplativas.

Es un tiempo muy especial… Con él se abre el año litúrgico que nos lleva en primer término a admirar el Nacimiento de nuestro Redentor, primero de los misterios de nuestro
Señor Jesucristo que a lo largo del año la Iglesia nos propone contemplar.

Nos centramos en la liturgia como primer paso. Con ilusión tomamos el primer tomo de la Liturgia de las Horas. Emocionan las palabras de la antífona primera de las primeras vísperas: Anunciad a los pueblos y decidles: Mirad, viene Dios, nuestro Salvador. Se ha abierto una puerta y ya estamos en ruta al encuentro del que viene a salvarnos, un encuentro que primero es reconocer la necesidad de ser salvados, luego viene el deseo, después la espera y finalmente el gozo del encuentro ni más ni menos que con Dios, sí, pero hecho Niño… cercano, amoroso… Más cercano, más tierno, más asequible, más amoroso y más asombroso… ¡imposible!.

A esta primera antífona con las que le siguen, sus salmos, lectura y preces, precioso conjunto, le ha precedido el himno: “Jesucristo, palabra del Padre… luz eterna… ven, Señor,
que ya se hace tarde. Maravilloso en melodía y sentido literario, tiene un algo especial. Por
otra parte se repite muchas veces a lo largo del Adviento : “Cielos, lloved vuestra justicia…
ábrete, tierra, haz germinar el Salvador”.

Por lo tanto, ya desde la liturgia, el Adviento se introduce en la vida con presencia constante. Todo anima a desear al Salvador y esta palabra “desear” tiene una gran resonancia espiritual. Nos cala invitándonos al anhelo de Dios, no solo sobre mi persona y sobre la comunidad, sino también sobre nuestro mundo, tan necesitado de Dios: Ven, Señor, ven, aunque no lo merecemos, te necesitamos y te esperamos. Al reconocer nuestra indigencia, con ello se fundamenta el deseo urgente del Salvador y nos induce a pedirlo con ardor, paradespués esperarlo con amor, y finalmente… estamos preparados para recibirlo… y llega sin falta y el gozo y la alegría estallan.

Todo esto hasta cierto punto, se ve simbolizado en la corona de Adviento con sus velas de cuatro colores, para encender una cada domingo conforme se suceden; estas velas indican
vigilancia, y la vigilancia conlleva esperanza. El color morado primera semana significa el
reconocimiento de la necesidad de un Salvador porque vemos nuestra indignidad y nos impulsa al dolor de nuestros pecados y de los del mundo entero; el color rojo segunda
semana excita el ardor de un deseo que debe crecer; el verde tercera semana sugiere la esperanza gozosa que clama incesantemente: “Ven, Señor Jesús” y que define todo este tiempo de Adviento; el blanco cuarta semana, la de Navidad significa el gozo de tenerlo ya en el mundo entre nosotros. Vemos así las cuatro semanas identificadas y centradas en el mismo deseo y haciendo ruta.

En realidad, el Salvador está siempre con nosotros, no obstante, la Navidad con su Adviento rememora, celebra, revive, renueva la Venida del Señor hecho hombre sin dejar de ser Dios. Viene Dios a esta tierra nuestra para salvarnos, lo esperamos, lo recibimos y nos llena de gozo y paz.

Después de clausurar el año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey que expresa el misterio del Señor Jesús en su plenitud, por lo tanto rica también en esperanza escatológica, los primeros días de Adviento están salpicados por fiestas que también atraen la atención espiritual: San Saturnino, 29de noviembre, que nos trajo la fe a Pamplona, San Francisco Javier,3de diciembre, que renueva el sentido misional, y la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre, entrañable en significado espiritual a la cual está dedicado nuestro monasterio.

No interrumpen la postura del Adviento, pero dan un grato colorido a esta etapa. A mitad de diciembre sobre todo al llegar el día 18 en que ya está cerca el Niño, nos disponemos a pensar en los belenes” o “nacimientos” para que estén a punto en la nochebuena y, todo previsto, colocar con gozo la imagen del niño Dios en el pesebre, entre María y José. Es el culmen del Adviento, ha llegado la Navidad.

                                        Navidad en nuestro convento

A un Adviento ferviente, sucede una Navidad gozosa. La última semana de Adviento,
afán especial: colocar los belenes y nacimientos. Son muchos los belenes, pequeños o grandes, que se colocan por toda la casa, pero destacan: el principal en mérito y antigüedad que es napolitano, tiene su lugar en el antecoro, y requiere antes de colocarlo vestir sus numerosos personajes; el del refectorio que llena una plataforma no pequeña, con muchas escenas de la vida diaria humana, como significando que el Salvador todo lo llena, todo lo transforma y a todo da sentido; el del coro, que se reduce al misterio y es simple y delicado, como conviene al lugar que ocupa. En fin, todo lleva a dar sentido y ambiente de fervor, gozo y alegría a la Venida del Señor, a lo cual contribuye una expresiva decoración navideña.

Se trata, de vivir en profundidad y alegría el Misterio del Verbo que se anonada a fin de

vivir entre nosotros. ¿Cómo se manifiesta la alegría navideña en el convento? brota espontánea estpregunta. Los villancicos, muchos de ellos jaleando al Niño, otros más afectivos o meditativos, son la tradicional vía para expresar el gozo de los que vivimos el misterio navideño con fe y amor. Se levanta en el convento la norma del silencio para que, nacido el Salvador, esa alegría se manifieste y se difunda; la música navideña suena con frecuencia; en los momentos de recreo se tocan las panderetas, tambores y castañuelas, y nos alegramos unas con otras en el mismo gozo. A veces ese gozo se manifiesta en piadoso, casi religioso baile espontáneo más que formal ante el pesebre.

Momento cumbre son la Eucaristía de Nochebuena y del día de Navidad. En la de Nochebuena sobre todo, se siente y presiente e intuye que el Niño Dios nace en el altar. Al
final, la adoración al Niño, ardiente beso, entre villancicos. Tras la santa Misa, la cena
entrañable, en lugar diferente a lo habitual, con la imagen del Niño Dios presidiendo la mesa y decorada la sala a lo navideño. En lo que se puede se prepara una cena digna del momento, sin que falte el tradicional turrón, villancicos y alegría. En este ambiente se nos hace bastante tarde.

Siguen días de regocijo. En su momento, se recibe al año nuevo, como en todo, saboreando la liturgia del día; Santa María, Madre de Dios. El día anterior ha sido dedicado al silencio meditativo; después de la cena de nochevieja, festiva y alegre también, solemos ir al coro donde hincadas de rodillas, es momento de renovar la pena por las faltas cometidas en el año y de dar gracias a Dios por los beneficios que nos han hecho felices o nos han dado madurez quizá por su signo de prueba, a lo largo del año saliente, mientras los corazones se abren a los dones que el amor del Señor se digne derramar en la comunidad y sobre este mundo a lo largo del año entrante y que solo Él conoce. Hasta que suenan las campanadas de las doce que indican que ha comenzado el año nuevo, siendo lo primero un acto de adoración y de confianza en el Señor. Lo recibimos con alegría y esperanza, no sin recordar a tantas personas para las que estos días no son de alegría, por pobreza, por soledad y nostalgia de personas ausentes, por enfermedad o por el motivo que sea y rezamos por ellas. Sigue un ratito de recreo y felicitaciones y nos retiramos a descansar.

Aún queda otra fiesta navideña muy simpática: la de los Reyes magos. En este día la
comunidad se reúne en un momento dado para consagrar al Corazón de Jesús su ser y su vivir comunitario. De nuevo los villancicos y otros cantos religiosos dan tono al ambiente. También la noche anterior, igualmente entre villancicos, nos alegramos con un deje de inocencia en los regalicos que los reyes nos traen. Mientras tanto, hallamos simbolismo para la ofrenda renovada de nuestros votos en las que los Magos hicieron al niño Dios: Oro, Incienso y Mirra.

En fin, este suele ser nuestro Adviento y Navidad. este año marcado tan duramente por
la pandemia del coronavirus; probablemente y si nos vemos libres de contagio – interrogante que a todos nos afecta para procurar ser cautos a nuestro ritmo mucho no afectará, pero deseamos y pedimos que en esta situación tan concreta, la gente se centre más y más en el sentido religioso de la Navidad, la cual, lo mismo que el Adviento, se pueden vivir trascendiendo realidades humanas –pues detrás de todo está lo definitivo, el Señor…– para que el espíritu de todos modos vuele… vuele… pues es urgente volar… trascender… Esta vida es pasajera, caminemos en ella hacia la eterna, de la mano de quien nos vino a salvar: JESÚS, que además es Maestro de vida plena y feliz.

Agustinas Recoletas Convento de la Purísima Concepción

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