No tiene ningún sentido planificar el Adviento, salvo en lo que tenga de pedagogía para los más pequeños. Pero un adulto en la fe debería vivir este tiempo de otro modo, no a saltitos, ni a experiencias, sino marcado por su sentido más profundo. El Adviento, del que decimos saber cómo termina, realmente es el tiempo de la esperanza porque nos enfrenta a lo desconocido.

A mi modo de ver, en el Adviento deberíamos reforzar el examen de conciencia más sincero, como búsqueda del Dios que se nos aparece en lo cotidiano. Comenzar a percibir y sentir y gustar su presencia en esos pequeños detalles de la vida que tomamos comúnmente desde la oscuridad de su significado y su rutina impersonal. Volver a la vida propia, como tiempo muy personal y propio, al diálogo con Dios. Así es como se lee realmente la Escritura, no a base de interpretaciones, ni de estudios, sino en diálogo con Dios, que se muestra en la historia.

Confiar por tanto en esto. Esperar radicalmente lo inesperado. Saber que Dios elegirá otro camino al que muchas veces preparamos, porque sus caminos no son los nuestros. Dejar de construir castillos de arena estéticos y éticos, porque la brisa suave de Dios se los llevará por delante fácilmente. Abandonar esa actitud tan orgullosamente prometeica que lo quiere tener todo controlado y planificado, y ahí encuentra su gloria y pago, para encerrarse un poco más en la existencia pobre y frágil con la confianza de que Dios aparecerá en ella, de algún modo.

El relato en el que María acoge su vocación y misión debería ser nuestra referencia casi única en este tiempo. Leerlo, como quien anda en amor, sin cansancio. Hasta aprenderlo de memoria y saborearlo en el corazón. Vernos en él, en sus preguntas, en sus dudas. A María le llegó el momento de entrar hondamente en ella, y el Dios que se revela y se deja ver, termina saliendo de allí para seguir siendo Misterio insondable y dialogante en el corazón. María, en contraste con el Templo, es piedra viva edificante y edificable. María queda en los márgenes del relato para poner en el centro el nombre, el nuevo nombre de Dios encarnado, rodeado de plenitud. María, llena de acción de gracias, asume también sus dudas y preguntas, la imposibilidad y limitación de la historia, hasta dar el salto definitivo. Dios cuenta con ella, la hace responsable de toda la humanidad, en su palabra se espera que se abra el camino definitivo para todas las personas que vendrán después y podrán escuchar.

Adviento, sin más, vuelve a ser la pregunta por el Dios de Jesús, por el Espíritu que aletea en lo cotidiano poniendo orden, situando en su lugar, creando belleza, siendo signo en forma de viento que viene y roza.

José Fernando Juan (@josefer_juan)

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