lunes, octubre 18, 2021
Confinadas por Amor
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«Gastemos todas nuestras fuerzas por Su amor»

Desde que me invitaron a escribir sobre la manera en que vivo mi Fe, me ronda en la cabeza la idea de si podré realmente ayudar a alguien con mis palabras. Es entonces cuando me recuerdo a mí misma que ha sido a través de jóvenes tan corrientes como yo que he aprendido a vivir cada día de la mano de Jesús.

Mi nombre es Cristina, tengo 19 años y estudio medicina en el CEU San Pablo. Desde pequeña he podido conocer Jesús, especialmente, gracias a mis padres. Eligieron para mí un colegio católico, del que me llevo muy bonitos recuerdos y gracias al cual pude afianzar mi relación con Dios. Fue allí donde conocí a mis amistades más cercanas, quienes, a día de hoy, se han convertido en un ejemplo para mí y sin las cuales no habría aprendido a conocer a Dios tal y como Le conozco ahora. Juntas hemos recorrido el camino de la Fe, animándonos a crecer en ella, fortaleciéndola de diversas maneras, con distintos planes que nos han dejado en la memoria recuerdos que nunca hubiéramos pensado guardar.

Me siento muy agradecida por estas personas que Dios ha puesto en mi camino para ayudarme a llegar a Él. Soy consciente de que yo sola no sería capaz de mantenerme constante en la Fe.

Aunque iniciar mi relación con Dios fue relativamente fácil desde el principio, ya que tuve todos los medios para, voluntariamente, acercarme a Él, muchas veces me siento necesitada de “empujones” que me recarguen las pilas cuando parecen estar agotadas.

Y es que todos vivimos momentos de mayor incertidumbre, en los que nos encontramos más perdidos de lo que nos gustaría. Yo misma muchas veces me siento sola en un lugar en que todo parece ir en mi contra, en situaciones que no encajan conmigo y que, aunque intente evitarlo, van agotando mis ánimos. Es en estos momentos en los que recuerdo que no estoy sola, no sólo porque tengo la certeza de que Jesús siempre está a mi lado y nunca me abandona, si no porque me vienen a la memoria cada una de esas personas que viven cada día lo mismo que yo vivo, que sienten mis mismas dudas, que luchan por mantenerse firmes en su Fe tanto como yo.

Otra de las cosas que me han ayudado mucho a acercarme a Dios ha sido darme cuenta de que podemos encontrarle en los pequeños gestos cotidianos. Muchas veces me he limitado a ir a Misa un domingo, incluso sin ganas, alejándome de Dios durante el resto de la semana. No le buscaba de ninguna manera, pensaba que sólo podría tratarle delante de un Sagrario, hasta que me di cuenta de que es en mis palabras, gestos, miradas o sonrisas diarias donde mejor Le veo y donde mejor dejo que los demás Le vean reflejado en mí.

También es cierto que muchas veces se me hace cuesta arriba el reconocer y practicar mi Fe cuando estoy rodeada de personas que no viven lo mismo que yo y cuyas ideas chocan con las mías. Tengo el privilegio de juntarme con gente muy diferente todos los días, que me enriquece en muchos ámbitos, pero que también me saca de mi zona cómoda y pone a prueba mi Fe. Me llego a sentir desbordada ante situaciones con las que creo que no puedo lidiar. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que Jesús nos comparte en el Evangelio: “si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”; y es aquí donde me doy cuenta de que las situaciones difíciles son habituales y necesarias en la vida de un cristiano, ya que no existe un cristianismo sin cruz, pero tenemos que aprender a llevarla con alegría y confianza, con la certeza de que Dios nunca va a llevarnos donde no pueda protegernos con su gracia.

Creo que la Fe es un don extraordinario que hay que cuidar y proteger, un don por el que hay que dar la cara cuando más nos cueste, confiando siempre en que Jesús nos está cogiendo de la mano en todo momento, abrazando con nosotros tanto las cosas buenas como los momentos más complicados.

Gastemos todas nuestras fuerzas por Su amor.

Cristina Montes

 

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