La vida cristiana no deja de ser una identificación constante con Dios, con Cristo vivo. Y eso se consigue con la gracia de Dios y también con la contemplación en la oración. ¿Cuánto hace que no rezas contemplando? 

San Ignacio en sus Ejercicios nos invita a vivir una contemplación que nos lleve a imitar a Cristo, no solo a seguirle, sino a imitarle. Contemplando a Cristo nos hacemos Cristo, «Ya no soy yo, es Cristo quién vive en mí». De tal manera que haya una unión completa de dos voluntades, la Suya y la mía, haya una identificación total. Que seamos amigos de Cristo, uno con Él, significa que conozco lo que Cristo conoce y quiero lo que Cristo quiere. ¿Esto es así en mi vida?

¿Cómo puedo entrar en esta contemplación? ¿Cómo puedo hacer que mi vida sea contemplativa aun en medio del mundo? Empezando por pedir «el conocimiento interno de Cristo para más amarLe y seguirLe». A base de contemplar a Cristo, sus misterios, su vida, voy conociendo el Corazón de Cristo. Dios se hace accesible a nuestros sentidos (que es el método como conocemos) en la humanidad de Cristo. De tal manera que conociendo la humanidad de Cristo entramos en la Trinidad, en el misterio del Dios-hombre.

Y este misterio es fruto del amor de Dios que tiene por cada uno de nosotros. El Corazón de Cristo nos da a conocer el ser de Cristo y entonces conocemos que Dios es amor. «Me amó y se entregó por mí».

El conocimiento interno de Cristo me tiene que llevar a amar cada vez más al Señor, cuanto más le conozco, más le amo y le sigo. Y el seguimiento es identificarme con Él. Y ¿qué conoce Jesús? El rostro del Padre, el amor del Padre. Seguir a Jesús significa conocer al Padre como Cristo conoce al Padre.

Para esto san Ignacio nos da el método de la contemplación a través del ver, mirar y reflexionar. El mirar es detenerme en el misterio que contemplo. Y reflexionar, reflectar, voy haciendo mío aquello que contemplo. ¿Qué me dice a mí aquello que contemplo? Ese conocimiento de Cristo me lleva a configurar mi vida. La contemplación del misterio de Cristo me lleva a un conocimiento que transforma todas las dimensiones de mi vida. 

La conversión llega cuando tus gustos están alineados al gusto de Dios. De hecho, el cristianismo es vivir de veras con Cristo vivo. Me gusta Cristo y me gusta lo que quiere Cristo para mí y eso pasa por la Cruz.

Uno no quiere la Cruz, sino que quiere a Jesús y para eso, quiere la Cruz porque entiende que para querer a Jesús tiene que querer la Cruz y esta se la hace dulce. El Abad Pierre contaba una historia sobre un baile entre el amor y el sufrimiento y decía: «Yo sin ti no soy verdadero, dice el amor al sufrimiento. Y yo sin ti soy insoportable, dice el sufrimiento al amor». Así queda unido todo en Cristo.

A la oración hay que ir con todo el ser, entrar a la oración con todos los sentidos, tanto internos como externos. Cristo me está salvando en cada misterio. Contemplar que Cristo me amó y se entregó por mí en cada momento de Su vida. Entonces, la santidad ya no es una opción, sino que es la vida misma del cristiano. Esa santidad es va adquiriendo con el conocimiento interno de Cristo y la contemplación de los misterios del Señor.

En cada momento Cristo tiene algo que decirte, hay momentos de tu vida que tienen que ver con Belén, con Nazaret, con la Cruz, etc. Todo lo conoció Jesús cuando lo redimió, te conoce y te ama. Así es como tu vida va adquiriendo un sentido y un orden. Descubrir el Amor por el que he sido creado y redimido ordena mi vida. Cuando una persona se sabe amada toda su vida está ordenada, y cuanto más amada se sepa más ordenada estará su vida.

El conocimiento interno de Cristo es el conocimiento del Corazón de Cristo, su Rostro se nos manifiesta en su Sagrado Corazón. Cristo me ama a mí en cada uno de estos misterios y me pide amor. Nos ama con un amor que pide amor. Dios espera tu amor. 

Lo que nos va transformando a través de nuestros sentidos es el descubrir cómo y cuánto Dios me quiere, tanto me ama que ha venido a pedirme mi amor. La llamada del Rey es una llamada de amor, Aquel que es el Corazón de Jesús te dice ¿quieres venir conmigo? En esto consiste el conocimiento interno de Cristo.

¿Cuánto tiempo hace que no rezas con el Evangelio? ¿Cuánto hace que no contemplas a Cristo en el Evangelio? ¿Cuánto tiempo hace que no te encuentras con Su Corazón en la oración? «Si no escucháis la sed de Jesús es que hace mucho que no os habéis encontrado con Él», decía la M. Teresa.

Y todo esto es para que elijamos a Cristo, elegimos lo que Dios quiere para mí. Volver a elegir continuamente. La elección se va haciendo por la identificación con Cristo, por el descubrimiento que es Jesús que me pide que Le ame en esa elección.

Ahora, ¿cuánto conoces al Señor? ¿Cuánto te identificas con Él? ¿Cuánto amas lo que Él ama? 

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