Testimonio de Fe contado con la cabeza bien alta

    ¡Enhorabuena!, enhorabuena y gracias a todos los que trabajan cada día por hacer de la religión algo tan guay. Porque al contrario de lo que generaciones anteriores esperaban, no estamos dejando que se pierda. Es más, la estamos adaptando a los cambios que estamos viviendo. Estamos demostrando que amar a Dios es perfectamente compatible con salir de fiesta, pasarlo bien, cantar canciones a pleno pulmón y bailar hasta decir basta.

    Me atrevo a decir que casi todos nosotros hemos sentido alguna vez miedo o vergüenza al hablar de nuestra fe, miedo ante preguntas como… eso de que la religión es algo “guay”, ¿desde cuándo?, ¿qué tiene de guay madrugar todos los domingos para ir a que te den una charla o eso de repetir en tu cabeza frases que te has aprendido de memorieta? ¿Tú sabes que la confirmación no es como la comunión, que no hay regalos verdad?… Más de una vez me he quedado con las ganas de contestar un par de cosas, pero en el fondo sé que, ante tal desconocimiento, lo mejor es mantenerse al margen o al menos tratar de trasmitir eso que sentimos. En definitiva, a eso vengo hoy, a contar qué es para mí “ir a esa charla”, qué son “esas frases que me sé de memorieta” y cómo vivo yo este gran tesoro, nuestra religión.

    No os podéis ni imaginar la de domingos que, de peque, he protestado por ir a misa. Ahora se ha convertido en mi momento de paz, de motivación a seguir intentando levantarme cada día con la ilusión de parecerme un poquito más a su infinito amor y generosidad, pero sobre todo de conexión con Dios. Analizo mi semana, las veces en las que le he fallado a Él y a la gente que más quiero. Y si entre pensamiento y pensamiento, tengo la suerte de que el coro toca una canción de la que me sé la letra, es que buah, no tengo palabras.

    Sobre rezar… admito que no es uno de mis puntos fuertes y tiendo a recurrir a ello más como grito de auxilio que como un GRACIAS por haberme regalado este día, estas personas con las que lo he compartido y las experiencias que me he llevado del mismo. No son simples oraciones, es una conversación con la persona más sabia y bondadosa que conozco, que mejor ayuda te puede prestar.

    De todo lo que la Iglesia me ha enseñado, me quedo con el aprender a perdonar, tal y cómo Él ha hecho siempre con nosotros, liberando así ese odio y rencor que nos come por dentro a las personas. A confiar en el Señor y su plan. A cerrar los ojos y no dejarme ahogar por los problemas. A recordar que, aunque en el momento no vea ni un ápice de luz, si Él lo ha querido así, es por algo y siempre acaba por ser lo mejor.

    Vivir esto es precioso, es la forma de vida más bonita que conozco y aunque ahora lo sienta con más fuerza que nunca (aún a veces agobiándome por tooodo lo que me queda por aprender), mi relación con Dios ha sido más un camino de subidas y bajadas que uno de rosas. Bajadas en las que he llegado a tirar la toalla y culparle de permitir que ocurrieran ciertas cosas. Pero de una manera u otra siempre me ha vuelto a tender su mano. Os puedo asegurar que ha sido entonces cuando más feliz he sido, más feliz he hecho a los demás, más completa me he sentido y cuando he conocido a personas que a día de hoy tanto me llenan. Si no fuera por ellos mi fe sería un poco… inexistente. ¡Ojalá algún día alguien pueda decir eso de mí!

    Ten siempre la cabeza bien alta al decir en lo que crees,

    Meri Gómez