La situación generada por la COVID-19 plantea de nuevo las cuestiones referentes al problema del mal: ¿cuál es su origen?; en el plano religioso, si Dios existe, ¿por qué permite el sufrimiento de personas inocentes?

Responder a estas preguntas nos lleva a cuestionarnos por el origen del mal, pero también por su sentido, esto es, por el horizonte de acción que abre. ¿Es posible dar una respuesta que tenga en cuenta estos extremos?

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