Amor y desamor

Yo, (nombre), te dejo de querer a ti, (nombre), como esposa
y me aparto de ti, y prometo dejar de serte fiel
en la prosperidad y en la adversidad,
en la salud y en la enfermedad,
y así olvidarte e ignorarte
todos los días de mi vida.

Suena muy duro… y, sin embargo, podría ser la formula del divorcio.

Hoy no me tocaba escribir, pero, a raíz de mi último post, “El acierto”, he recibido un comentario de una persona buena e inteligente que se preguntaba si no era un poco duro y cerrado ese pensar que la felicidad se encuentra en dar amor. ¿Qué pasa si no lo recibes?, se preguntaba. ¿Dónde queda la felicidad cuando no hay correspondencia en el amor? Y decidí ponerme a escribir.

En efecto, como afirma Von Hildebrand en su libro “El corazón”, “la felicidad tiene su lugar en la esfera afectiva, sea cual sea su fuente y su naturaleza específica, puesto que el único modo de experimentar la felicidad es sentirla (…) Una felicidad solamente “pensada” o “querida” no es felicidad”.

Y el mismo autor intenta dar una explicación con la tesis de su libro. Se pregunta: ¿son irracionales los sentimientos? ¿No hay acaso un modo de experimentar que nos lleva a sentir amor -y, en consecuencia, felicidad- por aquello que vemos que es bueno, y repulsa y, en consecuencia, disgusto ante lo que vemos que es malo? ¿No somos acaso responsables de nuestros sentimientos más espirituales? ¿Sentirá la felicidad del amor de la misma manera quien ha crecido creyendo que la felicidad radicaba en el amor a los demás que quien lo ha hecho pensando que la felicidad consistía en amarse preferentemente a sí mismo?

En términos de amor matrimonial, pocos dudarán de que es más completo el amor correspondido que el amor no correspondido. Cuando mi madre enfermó, mi padre la amó durante tres años sin recibir mucha correspondencia y, durante los últimos meses, casi en estado vegetativo, nula correspondencia, por la sencilla razón de que no podía darla. No me cabe duda de que mi padre fue más feliz los más de cincuenta años que vivió el amor correspondido de mi madre que los tres años de amor poco o nada correspondido. Pero tampoco me cabe duda de que allí había amor y de que ese amor, incluso no correspondido, era acaso más intenso y le generaba más felicidad y más hondura espiritual que la ausencia de mi madre o que la falta de amor.

El amor puede ser también doloroso a veces, qué duda cabe. El que no quiera sufrir que no ame. Pero creo que es un error tomar, a priori y sin más discernimiento, la ausencia de correspondencia como la muerte del amor o lo definitivo en él.

En efecto, puede parecer exigente pedir amor para siempre, porque la vida es larga y compleja, mudable y, a veces, caprichosa. Pero, si esto constituye un obstáculo para el amor, ¿no lo será también para el desamor? Me pregunto: ¿se puede dejar de amar para siempre? ¿Y no es eso lo que el divorcio expresa? ¿Por qué es posible decidir no amar para siempre y no es posible lo contrario?

Con el divorcio hacemos cristalizar el amor en su momento doliente, cuando está estropeado, y decimos: esto ya es para siempre, ya no te amaré nunca más, nos divorciamos, prometemos no amar. Con el matrimonio, promesa de amor para siempre, hacemos cristalizar el amor en su momento vital, cuando está sano y vigoroso, y decimos: esto es para siempre, nunca dejaré de amarte. Dos decisiones de por vida.

Por lo tanto, si se puede decidir no amar para siempre, con mayor motivo se puede decidir amar para siempre. Digo con mayor motivo porque a nadie se le oculta que es mejor amar que dejar de hacerlo, es mejor el bien que su ausencia. Ahora bien, si hay una falla en el comienzo, si no se toma esa decisión, es muy difícil que se persevere, porque si no estamos convencidos de que en amarle a él o a ella radica no ya “la” felicidad sino “nuestra” felicidad -aunque los avatares de la vida a veces puedan ocultarla por un tiempo-, difícilmente pondremos todo nuestro empeño en hacerlo.

Feliz domingo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Publicado en Familiarmente