Estar en el presente

San Josemaría decía que una persona que trabaja de ama de casa sabe de muchas cosas.

Sabe de electrónica, porque tiene que entender los electrodomésticos modernos, que no son nada sencillos. Incluso.

Sabe de psicología, porque trata al marido o a los niños dependiendo del día que tengan, porque los ve venir. Cuántas veces, con sólo mirar a la cara a un hijo le ha dicho: –a ti te pasa algo… y siempre aciertan.

Sabe también de números, porque como no puede estirar el brazo más que la manga, tiene cuidado de los gastos. Sobre todo ahora que todo se ha puesto económicamente más difícil y hay que hacer equilibrios para llegar a fin de mes.

Una mujer que lleva bien su casa vale mucho, es un tesoro ( cfr Primera lectura: Proverbios 31,10-13.19-20.30-31)..

Aunque aparentemente sea un trabajo escondido, sin brillo… como los cimientos de un edificio, que lo sostienen, pero que nadie los admira.

Y es que todos los trabajos honrados, si se hacen bien, cara a Dios, valen muchísimo. Independientemente de la admiración que levanten entre los hombres. Todo depende del amor al Señor que se ponga.

Entonces da igual ser el rector de una universidad, un ministro o un premio nobel que un ama de casa, un campesino o un enfermo, que también es un trabajo.

Porque nuestra vida corriente tiene mucha trascendencia: no da igual hacer una cosa o no hacerla. No da igual una chapuza que una obra bien acabada. Todo lo que hacemos tiene consecuencias buenas o malas.

El Señor, en el Evangelio, habla de la fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, en lo que podemos hacer, no en lo imaginario (cfr. Mt 25,14-30).

Hay personas que están llenas de proyectos. Y tienen tantos que al final no hacen ninguno. Parece que viven de ilusiones. Teorizan mucho y hacen poco.

Les pasa como a la del cuento de la lechera.

Una de las acusaciones que se ha hecho a los cristianos, y a veces con razón, es que miramos demasiado a la otra vida y demasiado poco a este. A eso se refería Marx cuando decía  que la religión es el opio del pueblo.

Es bueno tener en la cabeza el premio futuro. Pero eso nos tiene que llevar a poner más cuidado en lo que hacemos.

Si somos buenos en la vida diaria, Dios nos promete el Cielo. Por eso, no hay que esperar cosas extraordinarias, que nos apartarían de lo verdaderamente importante (cfr. 1Ts 5,14-30: Segunda lectura de la Misa).

La venida del Señor no sabemos cuando será, pero lo que sí sabemos es que hay que darle valor al presente. Porque «el ahora» es lo que nos une a la eternidad.

Antonio Balsera