Y lo bonito que es volver a casa

Queridos amigos, os mando un fuerte abrazo y mi mejor deseo de que, como siempre que os escribo, os encontréis bien ante esta nueva ola de COVID-19 que estamos viviendo.

En lo personal ha sido un mes muy complicado. Arrastré una mala racha desde finales del verano que pensé que mejoraría con el inicio del curso pero no fue así, todo lo contrario la situación se agravó más y más. ¿Alguna vez os habéis sentido completamente solos, en la oscuridad? ¿Habéis sentido como estáis abandonados y que Dios parece totalmente lejano?. Pues con ese cúmulo de sensaciones me encontré yo. Si queridos amigos, aunque podáis pensar por mis palabras de otras veces que mi fe era inquebrantable, ha sufrido un golpe; en ningún momento ha llegado a amenazar con tirarla abajo (pura misericordia de Dios como no pudo ser de otra forma), pero he de reconocer que he estado muy lejos. Demasiado incluso.

Ha sido un tiempo muy difícil, la pereza, el abandono y la tibieza se apoderaron de cada parte de mi alma y no me soltaron un solo segundo, la oración de cada día se me hacía más y más pesada hasta el punto de no saber donde estaba Dios. Habitualmente suelo sentirlo cerca pero he de reconocer que este tiempo lo he perdido totalmente de vista. En ningún momento me abandonó, pero yo sí lo abandoné a Él. Y queridos amigos, como duele, duele muchísimo. He vuelto sobre viejos pecados y viejos fantasmas, que solo me han traído dolor y más dolor. He sentido un vacío enorme que no he sabido como llenar, he intentado llenarlo con placeres e ídolos que no me han traído nada bueno. Me he sentido completamente solo, en lo negro, y he podido ver el poder del mal actuar sin piedad contra mí.

Más todo se quedó ahí. Jesús en su infinito amor y con todo su poder, ha disipado todo eso, me ha tendido la mano y con un susurro diciendo “te amo y aquí estoy”, me ha brindado una nueva oportunidad. No me trata como merecen mis pecados, si no enjuaga mis lágrimas y lava mis manchas de pecado, no tiene en cuenta mi maldad, solo le importa quererme igual que cada día. Ha limpiado todo mi dolor, y con una sola gota de su amor llenó mi vacío enorme; me devolvió el sentido a todo y me dio fuerzas para continuar.

Jesús, eres lo más grande que tenemos, pocas personas en la historia han conseguido entender lo más mínimo lo infinito de tu amor. Perdónanos las veces que con nuestra boca pedigüeña olvidamos el dolor de tus llagas, perdona las veces que pensamos que nuestro dolor más pequeño es comparable a tu crucifixión, y perdona las veces que aún sabiendo todo lo que haces por nosotros te damos la espalda y elegimos a nuestro particular barrabás. Ojalá una oración sirviese para compensar tanto amor que nos das. Como decía un santo, no me pidáis que recuerde quien, “si la oración que hicieses en una vida fuese solamente gracias, sería suficiente”. Y ojalá así sea. Ojalá podamos agradecerte todo, tanto amor y tanta misericordia de gole, y todas y cada una de las veces que nos rescatas de nuestro pozo, porque queridos amigos, ni os imagináis lo bonito que es volver a casa.

Carlos García Moreno