Que hable la Esperanza

    Conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza”, de este modo pronunciaba el Papa Francisco sus palabras en la Vigilia Pascual, tras unos meses difíciles para muchas familias, personas hospitalizadas con vivencias en soledad con muchas heridas personales.

    Desde marzo muchas personas han vivido un éxodo, un cautiverio, en lo social, personal y económico, perdiendo un trabajo, una casa, y teniendo que vivir refugiados en la calle bajo los cartones y las mantas de un mundo individualista.

    Esta pandemia, puede dejar lecciones positivas, sobre el significado de la vida, donde los medios de comunicación nos han alejado de la muerte, rechazando el sufrimiento, empalagándonos de negatividad y cadenas de números y estadísticas sobre infectados y fallecidos, poco muy poco se habla de las personas de humanizar nuestro entorno.

    Desde marzo viví un confinamiento en soledad, donde la relación con mis amigos fue a través del móvil en videollamadas o mensajes, cosa que agradecí muchísimo, uno en muchas ocasiones se plantea sobre el sentido de la vida y de la existencia, las personas deben dejar de ser un número, para ser una historia de amor que hace el Señor en cada uno, ojala seamos de verdad originales, entregando nuestra propia vida a los demás.

    Este verano, en el mes de agosto, decidí realizar los Ejercicios Espirituales de mes, en Loyola, en el corazón de la espiritualidad ignaciana, donde la vida se proclama en canto de epifanía. Allí mismo comprobé a la luz del Evangelio a través del Señor, que mi vida tenía que ser una pascua, un paso de Dios en todo lo que hacía, con mis amigos, con las personas que vivía el día a día, con cada acontecimiento y cada encuentro, viviendo de verdad y en profundidad como un hogar de Dios, una Betania de nuestros días, viviendo la fraternidad y la hospitalidad, la sencillez, y la pobreza.

    Tras esos días intensos donde solo había gratitud, palabra y encuentro, mi vida empezaba a tener sentido evangélico como tantas veces nos enseño Clara de Asís o la Madre Teresa de Calcuta. Todo había acabado, donde deseaba que mi pobre vida, con mis limitaciones y mis fracasos fueran para el Señor, empezaba a cumplir verdaderamente su voluntad, entregando mi vida a la formación para los más excluidos y vulnerables, como nos enseñaba Francisco de Asís.

    Tras días agotadores, empecé a sentir cosas extrañas y diferentes en mi cuerpo, dolores insoportables, perdida de visión, inmovilidad en una pierna, agotamiento físico y mental, mi vida se empezaba a debatir entre la salud y la enfermedad, definitivamente pude comprobar, tras citas medicas, tratamientos y todavía en la actualidad secuelas, que había tenido sin darme cuenta el Covid-19.

    Había empezado una nueva etapa de mi vida, me asolaba la ansiedad y la incertidumbre, empecé a mirar los contactos de mi teléfono y de repente, lo apagué, decidí vivir esto a solas con Dios, el sufrimiento forma parte de mi vida, no soy el protagonista de la vida de otros, ni puedo pretender un reconocimiento vacío sin limites, no he dicho a nadie lo que me había pasado hasta ahora, días, semanas, meses, de silencio, de oración profunda, de mirar la Cruz, como la patria de nuestras heridas, de mis limitaciones, de tanto daño causado a otros. Te pido Señor como tantas veces lo he hecho que apartes de mi vida todo reconocimiento y todo lo mío sea para Ti.

    Fueron semanas muy difíciles, donde la providencia ha querido que siga aquí, estos días me vienen preguntas, reflexiones y sentimientos encontrados, me he podido quedar ciego sí y estoy vivo y eso es un milagro. Dios permite que siga caminando en esta tierra, para amar y abrazar, para odiar que lo hagan otros.

    Estas semanas vividas desde la certeza del sufrimiento, con humillaciones y oprobios, cambié la riqueza por la pobreza, la soberbia por la humildad, el honor frente al deshonor.

    Estos meses verdaderamente he vivido una gracia de Dios, una enfermedad que me tocó de manera leve, pero cuantos muertos se ha cobrado este virus y por tantas enfermedades, vidas injustamente truncadas, pero Dios siempre está en las cosas, el Señor nunca nos deja de la mano, nunca nos abandona.

    El horizonte que el mundo muestra es de tristeza, de abatimiento, pero el Señor nos muestra la esperanza, como camino hacia el cielo. Las seguridades, las casas, los sueldos buenos han quedado desquebrajados por una pandemia. La enfermedad y el sufrimiento no pueden ser un negocio de los medios de comunicación. Queremos seguir viviendo como si Dios no existiera, ojalá estos meses difíciles sirvan para ser más solidarios y vivir el deseo de ayudar a los demás, de dignificar la vida de los más vulnerables, somos participes de los problemas de los demás, son situaciones difíciles que también nos afectan. Hemos aislado de nuestra vida al sufrimiento, nos hemos hecho insensibles a todo problema. No hay mayor drama y enfermedad que la soledad, esa es la verdadera enfermedad de nuestro mundo. Las fronteras y el descarte de las personas destruyen la convivencia construyen el individualismo.

    Es tiempo de vivir la fraternidad, de tratar a las personas como hermanos, no podemos construir nuestra vida desde la desconfianza y el pesimismo, creando una cultura de muros, sino en el Señor, en la esperanza, poner nuestra vida en sus manos, donde habita el verdadero sentido de nuestra existencia. Señor dame de beber del agua de la humildad de aquello que no se impone como la Samaritana, hazme sencillo y pobre, para buscarte, hallarte y entregarte todo en todas las cosas. Vivamos cada día un encuentro profundo con Jesús de Nazaret, hazme sencillo como fruto de tu amor, que transforma cada vida en un canto de epifanía. Vivir cada día como el último día, celebrar la vida es un don y una gracia de Dios.

    En esta tarde, Cristo del Calvario,
    vine a rogarte por mi carne enferma;

    pero al verte, mis ojos van y vienen
    de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

    ¿Cómo quejarme de mis pies cansados
    cuando veo los tuyos destrozados?

    ¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
    cuando las tuyas están llenas de heridas?

    ¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
    cuando en la Cruz alzado y sólo estás?

    ¿Cómo explicarte que no tengo amor,
    cuando tienes rasgado el corazón?

    Ahora ya no me acuerdo de nada, huyeron de mí todas las dolencias.
    El ímpetu del ruego que traía
    se me ahoga en la boca pedigüeña.

    Y sólo pido, no pedirte nada,
    estar aquí, junto a tu imagen muerta, ir aprendiendo que el dolor es sólo
    la llave santa de tu santa puerta.

    Alberto Diago Santos