Ahora, Dios es lo primero en mi vida. Alberto Barrera

    ¡Hola! Soy Alberto, tengo 20 años y soy de Sevilla. Estoy aquí para contaros mi experiencia con Dios:

    A diferencia de muchos de vosotros, yo no nací en una familia cristiana (mis padres estaban separados y yo vivía con mi madre y mi hermano hasta que se independizó). Tampoco recibí ningún tipo de educación con estos valores y desde muy pequeño tuve claro que era ateo y mi cabezota no concebía la existencia de Dios.

    Mi vida fue bastante tranquila y mundana hasta la adolescencia. Hacía deporte, tenía muchos amigos (y alguna que otra novieta…) y lo de estudiar no es que fuese lo mío. De hecho, repetí de curso en tercero de la ESO y me cambié de instituto. Allí el ambiente no era el mío, lo que afectó de alguna manera a mi forma de ser: iba muy a mi bola, pasando de la gente y sin ganas de hablar. En conclusión, me levantaba, daba mis clases y me volvía a casa a no hacer nada.

    Tras un par de años de esta manera, entró en mi clase una chica con la que pronto hice muy buenas migas. Ella siempre me hablaba de Dios (era la primera persona cristiana con la que yo había tenido relación) pero siempre lo rechazaba e incluso me lo tomaba a risas. A finales de marzo de aquel año fallecería mi abuelo, y el apoyo que ella me mostró fue decirme que rezaría por mi y mi familia, lo cual no entendí… ¿Por qué no se limita a decirme que lo siente y que si necesito algo estará ahí para mí?

    Esto hizo que en mis ratos libres (que tenía muchos) pensara en lo que me dijo y tratara de sacar conclusiones. Aquellos días, no me preguntéis por qué, hablé con Dios. Y, además, no hablaba sólo, sino que podía sentir sus respuestas. Desde entonces me planteé realmente su existencia, y si estaba ahí para mi o él simplemente iba a lo suyo.

    Empecé a salir con Sira (la chica de la que os he hablado) y alguna que otra vez me daba por acompañarla a misa o hablar de estos temas con ella, y poco a poco fue aumentando mi fe. Y es que cuando iba, me sentía realmente unido a Dios, aunque después en mi día a día no lo viera. Con el tiempo, mi relación con Dios fue a más: se convirtió en rutina ir a misa, quería ir a unas catequesis e incluso me planteé la posibilidad de bautizarme.

    Ese verano fue especialmente complicado para mí. Mi relación con Sira inesperadamente terminó, no me hablaba con mi madre y mi padre (que no os había contado nada) estaba enfermo de cáncer desde hacía ya varios meses. Durante esos meses no sólo terminó mi relación con Sira, sino que también me olvidé completamente de Dios, no entendía cómo él dejaba que me pasara todo esto a mí. Cuando acabó el verano Sira, sabiendo cómo estaba, me invitó a ir a unas catequesis. Yo, que ya sabía que me podría ayudar, decidí apostar por el Señor y ver qué pasaría. Si recordáis nunca suelo tener nada que hacer, pues bien, el fin de semana de la convivencia de fin de catequesis me surgieron TODOS los planes o compromisos que puedan existir y, para colmo, tras rechazar todo aquello a lo que me invitaron, me dijeron el día antes de la convivencia que iría sólo, que nadie más podía asistir.

    Nunca había apostado tanto por Dios, y no me creeríais si os digo que pasé aquel fin de semana con él. Me sentía tranquilo, muy cuidado y lleno de vida. Vi cómo realmente estaba presente en mi vida, cómo, aunque yo no lo viera, él seguía ahí y todo lo que me estaba ocurriendo tenía un sentido.

    Después de las catequesis decidí bautizarme, pero llegó el famoso coronavirus y lo arruinó todo. No pude bautizarme y además durante los meses de confinamiento tampoco pude ver a mi padre, que seguía enfermo. Una vez pasado el confinamiento, decidí ir a verlo y vi cómo el verano iba a empezar de la peor manera posible: mi padre se estaba muriendo. Pude disfrutar de unos pocos días más con él, y a mediados de junio se fue con el Señor. Pasé los peores meses de mi vida y se vio reflejado en mi día a día, ya que ni siquiera tenía ganas de salir de la cama y entré en un bucle de apatía, tristeza y cansancio. Durante el mes de septiembre llegué a un punto en el que no encontraba sentido a mi vida y no sabía si realmente quería seguir aquí o si merecía la pena seguir viviendo y creedme, estuve a punto de comprobarlo.

    Decidí apoyarme en Dios y al día siguiente, durante una celebración, me habló a través de un canto. Suena patético, lo sé, pero sentí cómo era él quién me decía que “había preservado mis pies de la caída y me había salvado de la muerte”. Durante la vuelta las lágrimas salían de mi sin yo siquiera quererlo y pude mantener una conversación con él en la que le decía que pondría mi vida a su disposición a partir de ese momento y le prometí que todo cambiaría.

    Desde entonces he puesto a Dios lo primero en mi vida y os puedo asegurar que no es una decisión errónea. Cada día que pasa me despierto, rezo y comienzo feliz y con ganas de vivir, de sentir, de ayudar… Gracias a Dios ahora mi vida es otra, y quiero que entendáis que, aunque no lo veáis (como yo nunca lo vi), él siempre estará ahí.

    Alberto Barrera López