Oportunidades para la evangelización en pandemia

La “oportunidad” es un término que etimológicamente hunde sus raíces en el mundo de los marineros. Nos invita en su expresión a llegar a puerto, a arribar. Navegamos en el barco y podemos tocar tierra, encarnarnos.

Sin duda, el sufrimiento y el mal son una oportunidad para las buenas noticias, para el mensaje esperanzador. Siempre y cuando, ni sean un pegote ideológico, ni desconozcan el sufrimiento y el mal en su crudeza. No se puede hablar cristianamente a nadie a las bravas, sin saber. Se puede, sin embargo, escuchar mucho. Los evangelizadores que van habitualmente con mensajes gruesos tienen la oportunidad de escuchar a otros. Esto es evangelizar-se. Un previo que no pocas veces se descuida en posesión de verdades salvíficas. La primera oportunidad de evangelización es hoy, para la Iglesia, escuchar el clamor del pueblo. Quizá esto despierte alguna vocación. La Iglesia escuchante, no diciente. La Iglesia silente, como el Misterio de Dios. La Iglesia acogedora, como hospital de campaña.

La segunda gran oportunidad, la esperanza. Remontarse a las razones por las que merece la pena vivir. Es mi definición básica. Si perder la esperanza es perder las ganas de vivir, la esperanza está más conectada con la vida que no futuros inciertamente descritos. Sin embargo, el horizonte es importante. Hemos redescubierto con la pandemia algo tan básico como la incertidumbre y las confianzas, tejidas no pocas veces y sostenidas siempre, por los lazos fraternos. Frente a la incertidumbre, la única respuesta humana posible es la confianza para seguir adelante. Pero la confianza es siempre plural en su modo de ser. Son muchas las confianzas que configuran nuestra realidad. ¿Por qué no ponerles nombre, señalarlas, significarlas? Confianzas que nos sostienen, confianzas que nos soportan, confianzas que nos abren y sitúan (en lugar oprimirnos o desvanecernos.)

La tercera, la red y el mundo digital. Todos coinciden, de un modo u otro, en la aproximación de personas diversas alterando espacio y tiempo analógicos. Un salto en la proximidad, que no debe olvidar lo más cercano. Creo que hay un factor evangelizador que, en la comprensión de la “Iglesia en salida” pasamos por alto. Enfatizo la Iglesia antes de “la salida”. En esta profunda intuición se llama a la comunidad cristiana a salir de sí misma, no al cristiano a olvidar su comunidad. ¡Ojo! La evangelización es, en una metáfora muy evangélica vinculada a la barca, atraer a la comunidad, no lanzarse sin más al agua. Por muchas aguas ahogan.

La cuarta, valientemente, dialogar con las palabras de nuestro tiempo. Las palabras, nada inocuo y muy vacunantes en cierto modo, nos ciegan y alumbran. Son revelaciones en sí mismas, que abren y cierran, que descubren y ocultan. Pero ponen delante siempre algún tipo de realidad en la que centrarse. Las palabras pequeñas, por tanto, empequeñecen. Y a la inversa. Dominar las grandes palabras e impulsar grandes palabras, de raíces hondas, con vida.

La quinta y última que señalo, la vocacional. La llamada a dar respuesta. Llamada desde dónde, desde qué inquietud y Palabra nace. Respuesta que puede surgir desde uno mismo imbuidos de miedos o plenos de Valentía. Ya sabemos que no se trata de locura, ni de extremo pernicioso. ¿Hemos preguntado algo en este tiempo o nos hemos limitado a conocer la ley del momento? ¿Algo quedará de este tiempo que nos humanice y acerque más a Dios en lo siguiente? ¿Ofrecemos espacios de diálogo suficientemente valientes, tan radicalmente valientes que la Vida se ponga en primer plano, vinculada al Camino y la Verdad? ¿Nos ha servido de algo en este tiempo el Evangelio?

Sin más, “Fratelli Tutti” deberíamos recibirla en comunidad. Una lectura solitaria, aunque siembre bondad, hará que no llegue a la Iglesia realmente. Ojalá no quede en un documento más.

José Fernando Juan @josefer_juan