¿Cómo cuidas a tu Madre?

El mes de octubre es el mes del Rosario y además, mes de grandes santazos, entre ellos, san Juan Pablo II que celebramos el pasado jueves 22. De la mano del Papa Magno profundizaremos en el amor a la Virgen.

San Juan Pablo II fue un Papa profundamente devoto de la Virgen María, y estos sentimientos surgieron desde su infancia, de su propio hogar y de su natal Polonia. A la edad de 9 años falleció su madre y su padre le llevó a los pies de la Virgen de Kalwaria, allí le dijo «Desde ahora, Ella será tu madre». Y así lo vivió. 
Fue tan grande el amor y la devoción que le tenía que el 25 de marzo de 1987, Juan Pablo II publicó su VI Encíclica titulada Redemptoris Mater sobre la Bienaventurada Virgen María; luego, el 22 de mayo de 1988 publicó la Carta Apostólica Litterae Encyclicae, y al finalizar este jubileo publicó la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de la mujer. Además, como papa convocó a dos años marianos más: entre 1987 y 1988, y luego entre el año 2002 y el 2003, cuando se celebró el Año del Rosario.
No puede pasar desapercibido el hecho de que, en su escudo pontificio, revestido de color azul y que incluye la letra M de María al pie de la cruz, da a conocer su profunda vocación mariana, así como por haber escogido como lema episcopal las palabras Totus Tuus, que se traduce como Soy todo tuyo. 

El futuro Papa tomó estas palabras de la oración de un gran santo mariano, Luis María Grignion de Montfort», quien a su vez lo tomó de San Buenaventura (o del pseudo). «Pues bien, el Papa no solo rezaba cada día aquella oración, sino que es­cribía un pasaje de ella sobre cada página de los textos autógrafos de sus homilías, de sus discursos, de sus encíclicas, en la parte superior derecha de la hoja. En la primera página ponía el inicio de la oración:

Totus tuus ego sum,
“Yo soy todo tuyo, María”;

en la segunda, Et omnia mea tua sunt,
“Y todas mis cosas son tuyas”;

en la tercera, Accipio Te in mea omnia,
“Te acojo en todas mis cosas”;

en la cuarta, Praebe mihi cor tuum,

“Dame tu corazón”

«El amor de Juan Pablo II a la Virgen fue un amor ilimitado. Nunca dejó pasar una ocasión para hablar de María. Le dedicó la encíclica Redemptoris Mater: de hecho, la redención fue el hilo conductor de su magisterio petrino. Además, la honró no solo con su ministerio de Sumo Pontífice, sino también de muchas otras formas.

Desde el inicio quiso rezar durante muchos años el rosario cada primer sábado del mes, junto con los fieles en el Vaticano. Con su creatividad inagotable enriqueció el rosario con los misterios de luz. Y ya casi al final del pontificado, celebró el Año del rosario, que tuvo muchos frutos de devoción y de renovación espiritual. En cada uno de sus viajes, además, programó una visita a los santuarios marianos más importantes del mundo. Tenía un enorme deseo de que una imagen de la Virgen se destacara en la basílica Vaticana; y quiso que al menos el palacio apostólico mostrara una imagen de la Virgen, que se eleva, alta y maternal, sobre la plaza de San Pedro.

Su amor al Rosario nos puede ayudar a amarlo más y a darle la importancia que se merece en nuestro día a día. En su encíclica sobre el Rosario decía:

«Se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira». (n.26).  
Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. (n.3).
Después de esto, piensa cómo cuidas tú a tu Madre, la Virgen. Si le dedicas todo el amor que se merece, si deseas verdaderamente quererla más.