¿Te sientes presionado por la opinión de los demás?

¿Cuántas veces te has sentido presionado por la opinión de los demás? ¿En cuántas ocasiones se han visto condicionadas tus decisiones por dichas opiniones? ¿Cuánto te influyen las expectativas que tienen las personas que te quieren sobre ti? Piénsalo. ¿Qué presión ejercen sobre ti esas opiniones, deseos, expectativas? Y ahora vuelve a pensar ¿Le das la misma importancia a la opinión de Dios? Muchas veces hacemos las cosas por cumplir expectativas, por no defraudar y porque se sientan orgullosos de nosotros, y aunque esto no sea siempre algo negativo, porque a veces intentar estar a la altura de lo que esperan de ti las personas que te quieren te da ese empujón que necesitas para hacer cosas buenas, no podemos olvidar que el punto no está tanto ni solamente en lo que ellos quieren, sino en lo que quiere Dios. ¿Por qué? Porque Dios sabe mejor que los demás lo que necesitas y lo que te hace feliz, y esa es su gran expectativa; que seas feliz, con mucho y con poco, en las buenas y en las malas, y que en cuanto termines tus deberes aquí vayas corriendo a abrazarle al Cielo. Merece la pena cambiar nuestro enfoque que suele estar dirigido a cumplir con las expectativas de los demás para saber ver también los planes de Dios.

Imagínate que te gustaría hacer un viaje largo en coche y que puedes elegir entre llevar de copiloto para que te guíe a un amigo que nunca ha hecho ese viaje pero que se ha ojeado un par de mapas, o a una persona que se sabe el camino de memoria. Está claro que esta segunda persona te va a llevar a tu destino de forma más segura, rápida y hasta te pueda ir contando algunas cosas sobre ese sitio al que quieres llegar porque ya lo conoce. Sin embargo tu amigo, podrá intentarlo con todas sus ganas, pero es muy probable que se equivoque. Esto no significa que no lleves a tu amigo en el coche, por su puesto que sí -que no hay nada como un buen amigo y que nunca hay que llega solo a la meta!-, pero la realidad es que la otra persona va a ser un mejor guía porque ya conoce; ya ha llegado al destino que tú deseas.

Con los consejos de los demás y los de Dios pasa lo mismo. Por su puesto que pensar en lo que quieren o esperan de ti tus padres, tus amigos, tu novi@ … está bien, son personas que quieren lo mejor para ti y van a intentar hacer todo lo posible para ayudarte; pero también son personas que se equivocan, que no tienen todas las respuestas, que no han llegado al cielo todavía y que dan pasos hacia delante y hacia atrás constantemente. Es por ello, que aunque sea bueno escuchar y valorar sus consejos, es todavía mejor no olvidarte de escuchar los de alguien que no se equivoca, que tiene todas las respuestas, que está en el cielo y que es el que nos acompaña en los pasos hacia delante y el que nos anima cuando los hemos dado para atrás.

Escuchando sus palabras llegamos al destino de forma segura, pero nos cuesta hacerlo porque tendemos a estar más pendientes de la opinión de los demás que de la de Dios ¿Me vas a negar que pensando en la solución a un problema no has acudido a tu lista de contactos antes que al sagrario? Es una realidad, nos cuesta y no pasa nada. Muchas cosas nos cuestan y justo por eso tienen un valor tan grande. Esta es una más de esas cosas que a veces cuestan pero que merecen la pena. Merece la pena hablar con Dios más a menudo, mientras vas de camino a clase o al trabajo, mientras haces la cena o te lavas los dientes, mientras estás haciendo recados o esperas tu turno en la cola del supermercado. Merece la pena pasar tiempo frente al sagrario contándole tus problemas y pidiéndole soluciones; acercarnos a la comunión para escuchar su opinión y para pedirle que a través de los consejos de los demás, sepamos escucharle a él.

Pero para poder escuchar a Dios necesitamos estar bajo su mirada, es decir, debemos intentar ver cada circunstancia de nuestra vida desde sus ojos; pensar: ¿qué le gustaría a Dios que yo hiciera o dijera en este momento? ¿Cómo gestionaría él esta situación? ¿Cómo puedo hacer, aquí y ahora, que este orgulloso de mí? No son respuestas fáciles, y no siempre tenemos la solución, por eso lo único que podemos hacer es estar tan cerca de él que si nos chiva la respuesta al oído podamos escucharla; eso es lo que significa estar bajo su mirada: estar cerquita, accesibles, a tiro de piedra. Es entrar en su radio de acción para que pueda hacer a través de nosotros, y para que guíe cada uno de nuestros pasos. Y para ello basta con tener presencia de Dios durante el día, sabernos mirados por él, acudir a Jesús y a la vez ponernos a su alcance para que oriente nuestra vida.

Es una auténtica pasada estar bajo su mirada constante, entrar en esa dinámica de dejarte hacer, estés donde estés y pase lo que pase. No te canses de buscarla porque el cristiano que busca su mirada está buscando en definitiva un atajo para llegar al cielo. Busca un camino seguro que seguir y una voz que le vaya chivando; busca ser guiado por el mejor copiloto -porque aunque los demás nos ayuden a seguir el camino, Dios es el camino-. El que busca constantemente su mirada lo hace porque quiere ser Hijo de Dios en todos los momentos y circunstancias de su vida; en las horas en la biblioteca o en la oficina, en las comidas del Colegio Mayor o en las de trabajo, en las discotecas o en los bares… en cualquier sitio y en cualquier momento.

Y su mirada no es solo camino seguro sino refugio consolador. Es la mirada de un padre que nos quiere a reventar, que nos mira y se le cae la baba, que es incapaz de quitarnos el ojo de encima. Es una mirada en la que no cabe más cariño y orgullo, que comprende y consuela, que protege y da fuerzas. Con su mirada Dios no solo quiere guiarnos sino cuidarnos y querernos, y eso a mí me basta y me sobra para morirme de ganas de ponerme bajo ella cada día, porque sé ninguna otra me comprende tan bien como la suya, porque bajo ninguna otra me siento tan protegida y porque solo la suya me da tanta fuerza y seguridad.

Además, cuando siento que los demás me pueden juzgar por tomar decisiones o hacer cosas que son fruto de estar bajo la mirada de Dios, siempre le escucho decirme: “Yo te protejo de la mirada de los demás, abandónate del todo y haré milagros en ti». Sabe cómo me siento y yo siento como el mismo Dios me tiende su mano invitándome a dejar el miedo a un lado y a que me deje mirar por él. Es el mismo Dios dándome fuerzas y queriéndome más que nunca porque sabe que a veces seguirle me da miedo o vergüenza, y que no es fácil.

Por eso, hazme caso, y si tienes preguntas que nadie sabe responder, si necesitas claridad en tus decisiones, o si buscas consuelo y fuerza en tus caídas; ponte bajo su mirada. Pídele que te hable todos los días al oído y que sepas escucharle. Dile que hoy, como cada mañana, te abandonas en sus manos y te pones bajo su mirada para encontrar respuestas, claridad y consuelo. Descubrirás que bajo ella hay mucho más, hay un Amor con mayúsculas que te hará sentir infinitamente querido. ¿Y qué nos puede hacer más felices que el Amor? Piénsalo, y si el destino de tu viaje es el Cielo, y si eres tan impaciente como yo que no quiero tener que esperar a llegar a mi destino para disfrutar de Dios, ponte bajo su mirada todos los días, y sentirás que está contigo y tú estas con él. No sé, yo solo digo que: si Dios es tu destino, que sea también tu GPS.

Marta Mata