¿Dónde está Dios? Las personas como única fuente de amor

No es humano el no preguntarse alguna vez en la vida si hay algo sobrenatural, más allá de nuestro alcance. Es propia de nuestra especie una mirada abierta al infinito, una sed de eternidad e infinitud, esa posibilidad de hallar algo, lo que sea, ilimitadoPues sucede que, a pesar de lo que nos gusta el misticismo, esa eternidad, esa infinitud, ese misterio se halla mucho más cerca de lo que imaginamos: en las personas (supongo que ya lo sospechabas por el título).

Para guiar la búsqueda, hemos creado o se nos ha dado la religión. Lo que ahora tantos políticos intentan silenciar es la fuente primaria de la búsqueda de un conocimiento trascendente fundamental, puramente humano, que no son una serie de normas y restricciones, sino el conocimiento de un camino de vida, tan simple como eso. Y no todas las religiones siguen el mismo camino, aunque todas quieren alcanzar el sentido de la vida: la felicidad. Aunque difieren en no pocos asuntos, como es natural, llevan unas ideas comunes que responden a parte de la naturaleza humana y buscan aproximarse a ese fin, de las cuales, la mayoría son positivas, sin duda ninguna, y de las que hay que aprender.

Como el resto, la religión católica también busca la verdad de la vida. En concreto, busca a Dios, que se nos reveló como Padre Amorosísimo por su propio Hijo, Jesucristo, Dios Hijo hecho hombre, así como se nos presenta en la vida cotidiana por todo aquello que significa Amor y Vida, gracias a Dios Espíritu Santo, que es fruto del verdadero Amor que comparten Dios Padre y Dios Hijo. Lo maravilloso de nuestra religión es que, no solo Jesús se hizo niño, joven y hombre por su inconmensurable necesidad de amar, sino que vivió la humanidad en su máximo esplendor, al cien por cien, sufriendo como lo hizo en la Cruz y celebrando como lo hizo en las bodas de Caná. Jesús nunca huyó de la libertad humana, que es capaz de la peor miseria y de la mayor alegría. Fue, y es, del todo Dios, y fue, y es, del todo hombre.

Jesús nos dio a entender que es en el hombre, y en la mujer, por supuesto, donde Él está. De hecho, lo dijo explícitamente (Mt 22, 36-40 y Mt 25, 31-46). No se puede amar a Dios sin amar a las personas (también lo dijo explícitamente en varios pasajes del Evangelio, como en Mt 5, 22-25), pero amar a las personas, ¿qué es?, porque ser un excelente cumplidor de la ley cristiana no significa amar más a los demás, igual que no conocer los rituales católicos no significa no amar a los demás – de hecho, lo primero lo denuncia continuamente Jesús, reprochándoles eso mismo a los fariseos y los ancianos (Mt 23, 1-29) – . Amar a las personas es promover todo pensamiento, palabra, obra u omisión que les acerque al sentido de la vida (que es la felicidad) tanto en uno mismo como en los demás: ¡hacer feliz a la gente! Pues si alguien que tú conoces sea como sea, aunque te odie, crea o no crea, del color que sea, tenga las ideas políticas que tenga, venga del continente que venga sufre y tú no pones el máximo empeño para que sea un poco más feliz, no le estás amando, y no estás amando a Dios, y pierdes una gran oportunidad de ser más feliz. Porque, y sé que suena exigente y difícil, es así como uno llega a ser feliz: amando y siendo amado. Del mismo modo, de esa búsqueda de la felicidad, de ese amor puro, nace el deber (todas esas prácticas que nos acercan a Dios y nos ayudan a amarle más), y nunca debe ser al revés.

El amor es un milagro, porque el intercambio que se da entre dos personas que se quieren es un oasis en el desierto de una existencia difícil y laboriosa. Y ese milagro ocurre cada segundo, con una sonrisa al vecino, ayudar al compañero, atender al necesitado, interesarte por alguien que no conoces, pasear con esa persona especial, un simple intercambio de miradas, dar paz al preocupado, y millones de detalles diarios que tanto valor despiertan unos ojos enamorados; la belleza está en los ojos de quien la busca.

Y por esos motivos, ¡despertemos, cristianos!, no sirve de nada orar durante horas, ir a misa cada día o dar todo el dinero a la colecta, si no se ama a las personas (1 Cor 13), único objeto y fuente de amor, porque es en las personas donde está Dios.

Antonio Verísimo Darío Sierra Maestro-Lansac