Cultivar la gratitud puede cambiar tu vida

Aunque ya estamos en octubre, el rosal de mi pequeño jardín delantero está otra vez lleno de flores, es la ventaja de vivir en un clima templado y relativamente húmedo. Al volver de trabajar hace unos días, una rosa cautivó mi atención y me paré un momento a olerla…su fragancia me llenó de satisfacción y de alegría. Algo tan bello, tan perfecto, tan pequeño y a la vez tan grande… ¡cuántas veces nos pasa desapercibido por la rutina diaria en piloto automático!

A menudo, sin darnos cuenta, nos olvidamos de todas las personas maravillosas que tenemos alrededor, de todos los logros que hemos conseguido, y de la paz y la libertad de la que disfrutamos cada día. Nos enfocamos en lo que nos falta. Rezamos y le pedimos al Señor todo aquello que anhelamos, como si se tratara de un pedido de Amazon. Creemos que seremos felices cuando consigamos entrar en esa carrera, tener pareja, conseguir ese trabajo, o lleguemos a ganar suficiente para comprarnos una casa, otro coche o lo que sea. Pero la verdad es que, una vez conseguido eso que tanto deseamos, con frecuencia ya lo damos por hecho y volvemos a enfocarnos en nuestro próximo logro. Buscamos la felicidad en lo externo, y por el camino se nos escapa el gozo y la alegría de vivir…

También puede ser que, a nuestro parecer, el pedido llegue equivocado, con retraso o no llegue. Podemos entonces adoptar dos actitudes diferentes: Podemos revelarnos negando lo que nos ocurre, quejándonos, añorando lo perdido, dejándonos llevar por la frustración o la rabia, sucumbiendo a la tristeza…Nos preguntamos ¿por qué me está pasando esto a mí? ¿por qué ahora? ¿por qué yo? Nos comparamos con los demás, pues, como se suele decir, la hierba siempre es más verde en el jardín del vecino…Y desde ahí, nos vemos como una víctima de las circunstancias, indefensos ante las tormentas de la vida.

O podemos ser intencionales y preguntarnos ¿para qué estoy pasando por esto?, ¿qué puedo aprender de esta experiencia?, ¿qué me quiere decir Dios con esto ahora? En esta segunda opción, buscamos en nuestro interior y echamos mano de nuestras capacidades, dones, talentos y fortalezas, como el amor, la paciencia, la perseverancia, la resiliencia y mucha, mucha oración…Así, encontramos la fuerza y la confianza para soltar el control, aceptar las nuevas circunstancias, adaptarnos y seguir. En definitiva, dejamos de pelearnos con la vida, y empezamos a pelear por ella, porque estamos aquí para estar vivos y vivir en abundancia.

Es cierto que la vida no es un camino de rosas, sino una sucesión de etapas o estaciones en constante cambio, unas más cálidas y otras más frías, unas con sol y otras con niebla. Incluso en los momentos más difíciles somos libres para elegir cómo interpretar la situación, y esto es una decisión personal. En lugar de enfocarnos en el problema, podemos reconocer que Dios, al ponernos a prueba, nos ofrece una oportunidad de aprender, de explorar y de ser creativos, o sea, de crecer como personas. Aprender y crecer es inherente al ser humano. Somos la única especie totalmente dependiente de nuestros cuidadores al nacer, y nos lleva más tiempo que a cualquier otro mamífero llegar a ser autosuficientes, por eso estamos programados para desarrollarnos constantemente. Aprovecha cada experiencia que la vida te brinda, ya sea positiva o negativa, como una oportunidad para madurar y ser mejor persona, porque crecer significa ir siempre adelante.

La clave está en apreciar a cada momento lo que ya tenemos, vivimos y somos. Trata de mirar con ojos nuevos a todas esas personas, cosas y experiencias que te rodean, tan importantes como tu familia, tu salud, tus amigos, tu trabajo, tu inteligencia, tu espiritualidad…o tan cotidianas como el agua caliente de la ducha, el sonido de la lluvia, el sol en la cara mientras caminas, la música o una sonrisa. ¿Te imaginas despertar una mañana sin todo eso?

Contar bendiciones a diario, por pequeñas que sean, nos ayuda a ser más conscientes del bien que ya está presente, educando nuestra mirada para poner la atención en los aspectos buenos de la vida que muchas veces damos por sentado. ¿Cuán a menudo te paras a oler las rosas?

Amalia Santos Jimeno

Executive & Leadership Coach ICF