El poder del día a día

La humanidad tiene la necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor y Salvador”.

Juan Pablo II.

¿Es posible vivir la fe siendo un universitario? No es sencillo como os podéis imaginar. Fuera del hogar, de los enclaves familiares, la Iglesia del barrio, el párroco del pueblo y los amigos de la infancia, muchas son las dificultades y tentaciones que nos impone la vida.

No nos tenemos que llevar a engaño. Pasar de un entorno donde Jesús es alguien fundamental a otro en el que es marginado, o incluso vilipendiado, siempre se hace duro. Al final la gente jamás habla de Dios y, si lo hace, la mayoría de las veces es para quejarse o maldecirlo a él o a su Iglesia. Muchos son los que dejan apagar su fe en estos momentos. Es normal que se busque encajar con el grupo, asimilar los principios imperantes de nuestra sociedad actual, rehuir las miradas extrañadas, e incluso las risas y el desprecio, que compañeros y amigos te dedican cuando les explicas que no puedes quedar ese día porque acudes a misa, a catequesis o a cualquier otro encuentro religioso.

Algunos, por tanto, dejan morir el mayor regalo que Dios nos da, la Fe. Yo, sin embargo, he tenido suerte. Gracias a mi educación, mi familia, amigos, y a algunas experiencias pasadas, pude conservarla. ¡Gracias a Dios!

La Fe nos ayuda a todos a mejorar, a dar lo máximo de nosotros, a sortear las dificultades, a querernos y aceptarnos tal y como somos. Lo que nos hace avanzar y perseguir nuestras metas, sean cuales sean, pues el Señor nos llama a cada uno a una labor concreta.

Pero para convertir la Fe en un pilar de tu día a día es necesario cultivarla. Y eso no ocurre de repente. Se requiere cariño, constancia y hábito. A fin de cuentas las cosas más especiales y hermosas nunca son fáciles. No se llega a buen puerto mediante atajos.

La oración me ayuda a mantener prendida la llama. Pararme un momento a meditar, un hábito tan extraño en nuestro tiempo, dándole gracias por lo afortunado que soy, fortaleciéndome a la espera de los inevitables baches de la vida.

Después de eso, lleno de confianza, es hora de salir al mundo regalando el don que me ha sido dado. No hay que ser egoístas. Pero para hacerlo no es necesario gritar nuestro credo a todos lados, hacer ostentación de nuestra devoción o, siquiera, practicar actos de proselitismo.

No, la Fe es amor, verdad y alegría. Y eso es lo que se tiene que demostrar día a día. Siempre sonriendo, ayudando cuando puedas, dando ánimos o dedicando buenas palabras, pensar antes de ofender a alguien, cantando y riendo fuerte cuando sales de fiesta y llorando con ganas cuando sea necesario… porque, siendo siempre lo más feliz que pueda ser, podrán volver a decir:

¡Mirad cómo se aman!

Andrés Conesa García