Parar, pensar, flipar y volver a recomenzar

    En el colegio, le decía a mi tutora que yo tenía una misión que cumplir. Que necesitaba ponerla en marcha cuanto antes. Le hablaba de grandes personajes, figuras históricas, referentes para mí y le explicaba que yo llegaba tarde para poder hacer algo en la vida. Con un guiño y mucha paciencia me preguntó más de una vez qué era lo que tenía que hacer, eso tan importante que el resto del mundo no podía dejar escapar. Y llorando, le contestaba que ese era mi problema, que aún no lo sabía. No encontraba el camino ni las herramientas que me ayudaran a descubrirlo.

    Buscaba una pomada que pudiera aliviarme el alma. Recurrí a la gente más cercana pero nadie parecía entenderme. Qué ganas tenía de crecer y qué decepción me llevaba cada vez que hablaba con un adulto. Recurrí a todos, menos al más importante. “Como lo sabe todo, no hace falta ni que se lo diga”. Es entonces cuando se entabló esa “amistad” tan rara donde Él pasó a ser un conocido al que no conocía. Resultó, además, que cuando más se le podía necesitar, desaparecía. O simplemente, y ahí estaba el problema, yo era incapaz de reconocerle.

    Me paro aquí porque igual alguno se siente identificado. Sentirse una balilla perdida que no sabe ni donde meterse. Aún teniendo un ambiente que le tira para arriba: una familia cristiana, una buena educación, amigos con valores, formación… no se encuentra a gusto.

    Y es que tuve que pararme a pensar varias veces. Parar. Pensar. Algo que una sociedad tan “intoxicada” que busca la inmediatez y recibe miles de inputs por segundo, no pone de moda. Pensaba en por qué no me sentía a gusto. Me sabía toda la teoría sobre Dios. Recibía formación en el colegio y además acudía a un club del Opus Dei. Dios es amor, me lo repetían continuamente. Pero a mi Dios me llegaba a dar miedo. Sin embargo, la fe no sigue a un Dios de leyes y teorías, es un Dios mucho más humano: es un Dios de amor.

    Qué difícil es darse cuenta de esto hasta que no te pones en marcha. Cambias el chip, decides quitar ese “modo avión” que tienes con el de arriba y te propones tratarle. Tratarle como a un amigo. Para eso tienes que quedar con Él, conocerle, escucharle, hablarle, preguntarle… Porque para poder conocer a alguien tienes que currártelo. Como con cualquier amigo: cuanto más quedas, más quieres saber de él. Más le conoces. Más le quieres.

    Y consigues confianza. Esa confianza que a mí me faltaba. Y te ves capaz de contar con Él: le cuentas tus problemas y debilidades. Le haces saber que no te encuentras y que aún buscas ese camino que debes seguir. Todo suena a película, pero hasta que no te haces de tripas corazón, te quitas ese papel de “drama queen” y te das cuenta de que Dios tiene un plan personalizado para cada uno, no lo llegas a flipar del todo.

    Él cuenta conmigo para remover un poco el mundo. Él ha pensado en mí para una misión que nadie más es capaz de conseguir. Él. Y yo. Dios y su balilla perdida. Y vuelves a parar y pensar. Dios te plantea una vocación, un camino, un papel dentro de su obra de teatro, y te levantas del patio de butacas y te animas a subir al escenario.

    Ahí es cuando Dios pasa de ser un conocido a un amigo. Un amigo al que no ves, no tocas pero sí sientes. Un Dios tan humano y tan sencillo que se presenta en pequeños actos de mi día a día, en personas, en lugares… Un Dios que se ríe contigo cuando le cuentas TUS planes sin tenerle en cuenta. Y te das cuenta de lo egoísta que podemos llegar a ser pensando que el “Yo soy capaz de solucionar todo sin ayuda de nadie” ocupa todo y no soluciona nada.

    Y surge el cambio: entender que cada uno tiene su camino aunque muchas veces nos sintamos como balillas perdidas. Pero creo que ahí justamente está la gracia de Dios, en que siendo esa balilla perdida vayas dejando rastro de humo allí por donde pasas: dejar huella. Y cómo mola contar con gente que recula a esa balilla perdida y le va guiando un poco para reconducir el camino. Y cómo mola poder contar con Él.

    Esto no significa que no vuelvas a perderte. No. Hay que parar, pensar, flipar y volver a recomenzar. Continuamente. Día a Día.

    Pero con Él.

    Almudena Duarte