Dios no se camufla

Hola, soy Bea. Aunque muchos me conocéis por aquí como @1_de_3. El por qué de mi nick ya os lo desvelaré más adelante. 

Estudié periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Ser una joven católica en la universidad no es fácil. Para una chica de provincia como yo, mi facultad era la jungla: una selva en la que me tenía que esconder de todo tipo de alimañas. 

Reservada, tímida y un poco venida a menos. Mi objetivo: pasar desapercibida. Era mi plan perfecto: camuflarme con el entorno para que nadie se diera cuenta de mi presencia. Yo rezaba por la gente que me cruzaba, no les molestaba y con eso ya cumplía, pensaba yo.

Pero, de pronto, varios acontecimientos vinieron a sacarme de mi zona de confort:

El primero de ellos, fue ver al capellán de la uni en acción. Divertido, simpático, nada se le ponía por delante. Era frecuente verle por los pasillos preguntando a grupos de jóvenes si sabían donde estaba la capilla (haciéndose el perdido). Ante la negativa de todos, el cambiaba el rostro a una amplia sonrisa y les respondía: «Ah, ¿no? Pues venid que os la enseño». Pocos se resistían a la invitación, aunque sólo fuera por el desconcierto que les había provocado y la curiosidad ante su personalidad arrolladora. 

Al capellán también tengo que agradecerle uno de mis puntos de inflexión. Una mañana después de clase me crucé con él y me pidió que pegase unos carteles que invitaban a una ceremonia universitaria en la Catedral de la Almudena. No supe decirle que no, y me puse a pegar pósters con otros chavales. De pronto, una cuadrilla de matones vino a decirnos que quitásemos eso inmediatamente. Miré alrededor y vi decenas de carteles, de todo tipo y condición. Le pregunté tímidamente qué daño le hacia un cartel más. Su respuesta fue darme un bofetón y arrancar el cartel. Lejos de achantarme, ese episodio empezó a despertarme, indignada de que la libertad de expresión que me enseñaban en la universidad, fuera solo para unos pocos. 

El remate sucedió poco después. En una de las clases, el profesor nos ponía trozos de películas para ilustrar la teoría cinematográfica que nos había explicado. Cada una de las escenas era más pornográfica que la anterior. Pensé en ponerme a estudiar otra asignatura y seguir con mi técnica del camuflaje. Pero algo me impulsó a levantarme y salir ante la mirada amenazante del profesor. Se me debió de ver el plumero porque abandoné el aula más roja que un tomate. Cuando iba a cerrar la puerta de la clase vi que otra chica salía detrás de mí. 

«Te invito a tomar algo», me dijo. Asustada, respondí que sí con la cabeza. No sabía de qué iba todo aquello. Nunca había hablado con ella. Ni su aspecto me invitaba a ello. 

En cuanto nos sentamos, ante mi sorpresa, comenzó a llorar. Estaba embarazada. Su novio había decidido no seguir adelante con la relación. Sus padres le habían dado a elegir: o abortaba, o tendría que irse de casa. Estaba asustada, pero, sobre todo, estaba sola. No sabía a quien acudir… En clase se había agobiado mucho pensando y aprovecho mi escapada para salir conmigo… La escuché. La escuché durante mucho rato. No sabía que decir. 

«Yo te ayudo», esas palabras salieron de mi boca sin mi permiso. Conseguí el teléfono de un médico provida que se implicó hasta el punto de encontrarle una casa de acogida. Y en seguida nos vimos envueltas en una aventura que terminó con el nacimiento del pequeño Javi. Dios se sirve hasta de nuestra vergüenza.

Desde ese momento, abandoné el camuflaje. Comencé a vivir mi vida y mi fe. Dejé de ver el partido desde el banquillo. Y encontré a gente maravillosa.

En la universidad me decían que me estaba perdiendo muchas cosas de la vida por ser coherente con unas ideas, basadas en algo que no existe. Siempre les respondía lo mismo: «Bueno, hay dos opciones: que lo que yo creo sea cierto o que no exista. Sea lo que sea, salgo ganando. Si Dios existe, llegaré al Cielo y os ayudaré a llegar allí conmigo. Y si todo es mentira, al menos habré ayudado a mucha gente que se acordará de mi, habré dejado huella, habré vivido una vida de las que merecen la pena”. Muchas de las personas que me decían eso, después comprobaron que no sigo una idea, sino a una Persona. Muchos de ellos, ahora son grandes amigos de Jesús.

Beatriz García Blanco