Consagradas y confinadas por amor

Cuanto más las conozco, más me maravillo de las personas consagradas, que con su testimonio de vida, nos muestran el AMOR más grande y que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices. Son personas que, dejándolo todo por Jesucristo, están en permanente oración por toda la Iglesia, no anteponiendo nada al amor de Cristo.

Son testigos ante el mundo, de que Dios vive, que su realidad invisible basta para llenar una existencia humana. Son luz y esperanza para el hombre de hoy porque hacen suyas las angustias, esperanzas y lágrimas de éste. En conclusión, una gran riqueza y un gran tesoro para la Iglesia.

Es muy gráfica la comparación con la raíz de una planta. La raíz es algo que no se ve, está escondida, pero a su vez es vital para el crecimiento y la vida de la planta. Así de vital son las personas consagradas para la Iglesia, las que nos sostienen con su oración, mortificación, trabajo y sacrificio.

Ojalá pudiéramos sentir ese amor tan grande. El Señor les ha regalado esa vocación, ese encuentro, esa experiencia que provoca un cambio de vida y de pensar. Es una llamada que invita a seguirla y a consagrar toda la vida al servicio de los demás, por amor y de forma gratuita.

Por este deseo de conocer más la vida consagrada y su belleza, llegó hasta mí una carta del Monasterio de Santa Paula, en Sevilla, en la que la Madre Priora contaba la situación difícil que estaban viviendo actualmente, debido al cierre del convento al estar varias hermanas contagiadas. Han bajado notablemente sus ingresos y han suspendido los actos comunitarios. Son ahora ellas las que nos piden oraciones para que la vuelta a la normalidad llegue cuanto antes y también por las vocaciones a esta preciosa Orden fundada por San Jerónimo y Santa Paula en el siglo XIV.

Las hermanas nos invitan, en cuanto estén recuperadas, a visitarlas y a conocer su magnífico Museo que conserva excelentes cuadros y esculturas de los siglos XVI al XVIII, así como muebles y vestiduras sagradas de la misma época. 

También, con su trabajo, elaboran productos caseros y una deliciosa repostería: magdalenas, dulces y mermeladas, que podemos comprar en el torno del convento o desde su página en

internet. Con ello, aportamos nuestro granito de arena, las ayudamos en sus necesidades y reconocemos su trabajo y forma de vida.

La Iglesia es una gran familia en la que todos somos necesarios e importantes, por ello, las hermanas necesitan escucharnos para conocer nuestras necesidades y rezar por ellas.

Nuestros problemas son los suyos también y ahora necesitan nuestra ayuda. “La mejor ayuda que podríamos recibir es que cuando estemos curadas y podamos abrir el torno y el museo, vengan a visitarnos”, comentaba Sor Tiyama, la Madre priora.

No las olvidemos. Ellas no se olvidan de nosotros. Sin ellas, se apagaría la luz del mundo. Que Dios las bendiga.

MARIENMA POSADAS CIRIZA