Por Él, con Él y en Él

Si la semana pasada introducíamos la grandeza de los sacramentos, su función y su gracia, ahora queremos empezar a descubrir los regalos que nos da Dios para unirnos a Él, para más amarLe y seguirLe. El primero de todos es el Bautismo.

Es normal que muchas veces pensemos que ya sabemos bastante sobre nuestra fe, especialmente sobre el Bautismo porque nos lo han repetido machaconamente. Pero esta es la razón por la que no profundizamos en su conocimiento, en su grandeza. El pensar que ya lo sabemos nos impide volverlo a meditar y a contemplar. 

Recientemente, ¿te has parado a pensar qué significa ser bautizado? ¿Qué repercusión tiene en tu vida y en la de los demás? ¿Sabes que estás consagrado a Dios? ¿Vives así? ¿Vives esto?

Benedicto XVI hablando sobre este pedazo sacramento, quizá el más fundamental por el ser el primero, decía:

«Los bautizados serán unidos de modo profundo y para siempre con Jesús, sumergidos en el misterio de su potencia, de su poder, o sea, en el misterio de su muerte, que es fuente de vida, para participar en su resurrección, para renacer a una vida nueva. ¡He aquí el prodigio!

Es la alegría de reconocernos hijos de Dios, de descubrirnos confiados a sus manos, de sentirnos acogidos en un abrazo de amor, igual que una mamá sostiene y abraza a su niño. Esta alegría, que orienta el camino de cada cristiano, se funda en una relación personal con Jesús, una relación que orienta toda la existencia humana. Es Él, en efecto, el sentido de nuestra vida, Aquél en quien vale la pena tener fija la mirada para ser iluminados por su Verdad y poder vivir en plenitud. El camino de la fe que hoy empieza para estos niños se funda por ello en una certeza, en la experiencia de que no hay nada más grande que conocer a Cristo y comunicar a los demás la amistad con Él; sólo en esta amistad se entreabren realmente las grandes potencialidades de la condición humana y podemos experimentar lo que es bello y lo que libera (cf. Homilía en la santa misa de inicio del pontificado, 24 de abril de 2005). Quien ha tenido esta experiencia no está dispuesto a renunciar a su fe por nada del mundo».

Por el Bautismo estamos consagrados a Dios, Le pertenecemos, somos Suyos, hijos de un Padre sin igual. El Bautismo nos permite vivir la misma vida de Cristo, morir con Él para resucitar con Él después. Ser bautizado quiere decir que la historia de mi vida personal se sumerge en la corriente del amor de Dios. Él nos abraza y nos lleva allí donde vayamos. Con el Bautismo somos, literalmente, hombre nuevos. Es lo mejor del mundo, de verdad.

«Yo estoy llamado a ser alguien o a hacer algo para lo que nadie más está llamado; tengo un lugar en el plan de Dios y sobre la tierra de Dios que no tiene nadie más. Ya sea rico o pobre, despreciado u honrado por los hombres, Dios me conoce y me llama por mi nombre» decía san John Henry Newman. Así es. En el Bautismo Dios me llama por mi nombre. Dios quiere intimar conmigo, está deseando que empiece una vida con Él. Quiere que vaya descubriendo los regalos que me regala, poco a poco, para que los vaya saboreando, vaya a su esencia, hasta el fondo y los pueda vivir con radicalidad, de verdad, como se merecen. Así son los regalos de Dios, así son los sacramentos. Dios nos dice en el Bautismo, «Te he llamado por tu nombre, tú eres mío». 

Un Padre de la Iglesia lo expresaba así:

El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).

Vale la pena pararse a pensar si valoro este regalo, si vivo con radicalidad mi cristianismo, si busco ir a la raíz de mi fe, si amo a Dios sobre todas las cosas.