Un mensaje olvidado

Como los profetas recordaban al pueblo de Israel que su destino era la tierra prometida, la Iglesia, la que también debe recordar una promesa, tiene que anunciar que nos espera una Eternidad.

Unamuno, en una de sus cartas a su amigo Jiménez Ilundain dice: Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo eso de decir: ¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida! ¿Y los que no nos contentamos con ella?

Hemos perdido el discurso de la eternidad cuando es el único que nos interesa ya que, como dice San Agustín, ¿De que sirve vivir bien, sino es para siempre? La travesía por el desierto es mayúscula, pero el premio es maravillosamente inconcebible.

El problema del hombre ha sido que ha convertido los momentos e instantes de la vida en eternos, cuando -como el agua entre las manos- el tiempo va desapareciendo.