«Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús»

En la segunda lectura de este pasado domingo, san Pablo nos advertía: “Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Sin duda, es algo precioso, pero, en este mundo post-romántico en el que los sentimientos y las emociones se han reducido al mero impulso o a la espontaneidad sin más, es una frase que podemos entender mal. Hablemos de sentimientos.

Los sentimientos son, en primer lugar, algo intrínsecamente buenos. Desde el placer hasta una cierta pesadumbre sana. Es algo que forma parte de la naturaleza del hombre, es algo querido por Dios para nosotros: somos inteligencia, voluntad… y sentimientos, emociones. Son un don que nos permite captar mejor lo que pasa a nuestro alrededor, algo completamente necesario para cualquier relación social. Un ejemplo de lo que significa la carencia o el daño en la capacidad sentimental lo tenemos en las personas con síndromes como el de Asperger, quienes suele tener dificultades en el trato con el prójimo.

Por tanto, hemos de decir con rotundidad que no es cristiano renunciar a ellos, aún cuando el mundo los absolutiza peligrosamente. Tan anticristiano es una cosa como otra, como demuestra san Pablo al exhortarnos a tener sentimientos como Cristo los tenía. No nos dice que no tengamos sentimientos: nos dice que los tengamos, pero orientados a aquello que nos santifica y no a otras cosas.

En este sentido, hay que decir que los sentimientos no se reprimen, sino que se educan y armonizan con la integridad de la persona, esto es, con la inteligencia y la voluntad. De hecho, hemos de caer en la cuenta de que si sufrimos este desorden entre las pasiones y el resto de la persona es por culpa del pecado original y que lo puramente cristiano es la armonía de la persona en torno al bien, la belleza y la verdad que nos son reveladas por Dios a través de nuestra naturaleza y la Revelación.

Lo que habrá que hacer es contemplar cómo sentía Jesús para dejarnos penetrar por sus sentimientos, para empatizar con Él, y ser como Él. Para seguir en este camino al Cielo en el que cada día debemos y queremos conocerle mejor para poder amarle más y mejor. Vamos a hablar brevemente de ellos desde sus tristezas y sus alegrías. Pero no dudemos: ¡Jesús era un hombre tremendamente afectivo y que no tenía miedo a los sentimientos!

Empecemos por algunas de las tristezas de Jesús: esa que viene dada por la incredulidad de Jerusalén y que llega al punto de la lágrima; también a la muerte de su amigo Lázaro; en la traición de Judas o en Getsemaní, cuando reconoce que su alma está triste hasta la muerte. Insisto: Jesús se muestra afectivo, no esconde sus sentimientos, no es un palo. Padece con y como nosotros y esto es, además de normativo para nosotros, precioso.

Y las alegrías de Jesús: Esto depende mucho de qué Jesús conocemos. ¿Al serio y recto, al formal y tieso o al Jesús que se reía a carcajada limpia con los suyos?, ¿Alguien se cree que Jesús pudo liar la que lio sin ser un tío alegre y gracioso?, ¿somos de los que le tomaríamos por un bebedor y un comilón? Decía Chesterton que es difícil concebir la alegría sin risa. ¡Jesús contaría los chistes de la época! ¡Cuidado con vivir de un Dios aburrido! Eso nos impide vivir la fe con soltura, con tranquilidad, con gozo. A veces podemos creer que Dios está sólo en lo que nos cuesta o nos supone Cruz: ¡No! Y nosotros, ¿hacemos reír a Dios?, ¿nos reímos con Él? ¡Incluso en la oración! Un cristiano no deja a un lado esta dimensión al entrar en el templo. Respeto a lo sagrado, claro que sí, pero no olvidemos que no hay nada más sagrado que sonreír a Dios, que hacer reír a Dios.

Es muy conocido entre los jóvenes -y los que no lo son tanto- el Cristo de Javier. Ese Jesús que muestra la sonrisa de un Dios que, pese al sufrimiento físico, sonríe sabiendo que ha superado la prueba y ha salvado a su amada humanidad. Eso es profundidad emotiva, aunque sea a través del arte. En cualquier caso, nos damos cuenta de que la sonrisa no se imposta, se conquista construyendo la casa sobre roca, como dice Jesús.

Otras alegrías de Jesús: cuando alguien se convierte, cuando alguien es curado, cuando los niños se acercan a Él, cuando se hace patente el perdón… en definitiva, lo que hace feliz a Jesús es un corazón manso y humilde, como el que Pablo nos describe en la lectura o como el del hombre que se arrepiente y, finalmente, va a trabajar a la viña.

En resumen, si queremos ser como Jesús, no tengamos miedo a sentir. Es lo que han hecho los santos: han querido a la gente, han sido alegres y chistosos como Jesús, no han sido personas quejicosas. Han sido personas con empatía. Y, ojo, si queremos cambiar un mundo en el que el valor de lo sentimental tiende a ser absolutizado, tendremos que ser expertos en este terreno para, desde ahí, entrando con la suya, salirnos después con la nuestra y poner en equilibrio en el interior de las personas educándolas con la inteligencia y a la voluntad. ¡Qué importante es esto en los niños!

Ojalá que, puestos en oración, seamos capaces de darnos cuenta de dónde tenemos puesto el corazón para, desde ahí, poder orientarlo al lugar donde Dios quiera que lo tengamos. No es fácil e implica, una vez más, la negación de uno mismo. Pero hagamos caso a san Pablo y no tengamos miedo a sentir con Cristo y como Cristo. ¡Vale la pena!

Javier Peño (sacerdote)