Una vida empadada de Dios

¿Cuánto deseas a Dios? Y… ¿Cuánto te desea Él a ti? Piénsalo con calma y observa la realidad, tu vida concreta. ¿Dónde ves que Dios te ama? ¿Qué hace Dios para acercarse más y más a ti?

Si te digo que Dios se hace visible, toma las cosas ordinarias, cosas que podemos tocar, gustar, sentir, oír, gestos que podemos entender… y las hace vehículo de Su gracia, ¿cómo te quedas?

Así son los sacramentos. En realidad, no son más que manifestaciones continuas de Dios que quiere que Le veamos, que Le gustemos, que Le oigamos y por eso nos lo pone ¡tan fácil! Los sacramentos son ese vehículo, ese canal de gracia, la manera que tiene de hacernos Suyos. 

La definición exacta que da el Catecismo a los Sacramentos es la siguiente: «Un signo sensible y eficaz de la gracia, instituido por Jesucristo para santificar nuestras almas» (Catecismo, 1131). Dios entra en nuestra humanidad, Jesucristo se encarna y redime nuestra carne, la diviniza, hace accesible la realidad invisible mediante signos visibles (Catecismo, 1084).

Sacramento es un «juramento de fidelidad» que hace Dios al hombre. Son signos visibles de una realidad invisible, ahí podemos experimentar la presencia de Dios que sana, perdona, alimenta, fortalece y capacita para amar. Yo Contigo lo puedo todo, Señor. Quiero dejarme tocar por Ti, quiero dejarTe entrar, quiero dejar que me sanes, que me salves, que me redimas, quiero estar Contigo siempre. Sí, quiero. Haz en mí. 

Los sacramentos son el centro de la vida de la Iglesia, por eso son tan importantes. «Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos» (Catecismo, 1113). «El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida»(Catecismo, 1085).

Los sacramentos significan tres cosas: la causa santificante, que es la Muerte y Resurrección de Cristo; el efecto santificante o gracia; y el fin de la santificación, que es la gloria eterna. «El sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la Pasión de Cristo; es un signo que demuestra el efecto de la pasión de Cristo en nosotros, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera» (Catecismo, 1130)

Todos los sacramentos confieren la gracia santificante a quienes no ponen obstáculo. Esta
gracia es «el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica» (Catecismo, 2003). Además, los sacramentos confieren la gracia sacramental, que es la gracia «propia de cada sacramento»(Catecismo, 1129): un cierto auxilio divino para conseguir el fin de ese sacramento. No sólo recibimos la gracia santificante, sino al mismo Espíritu Santo.  El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu Santo deifica a los fieles uniéndolos vitalmente a Cristo (Catecismo, 1129). ¡Qué fuerte! ¡Qué grande! ¡Qué misterio! ¡Qué bondad y belleza la de nuestro Dios!

Los sacramentos «son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa» (Catecismo, 1127). La gracia de cada sacramento nos hace más capaces de acoger el amor de Dios y de ahondar en él.

La eficacia de los sacramentos deriva de Cristo mismo, que actúa en ellos, «sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe» (Catecismo, 1128): cuanto mejores disposiciones tenga de fe, conversión de corazón y adhesión a la voluntad de Dios, más abundantes son los efectos de gracia que recibe (Catecismo, 1098). ¿Cómo recibes los sacramentos? ¿Cómo te preparas para encontrarte con el Señor? 

Cristo quiere hacerme partícipe de Su Vida, quiere tocarme, quiere amar aquello que yo no amo, quiere manifestarse en mi carne, en mis ojos miopes, en mi dedo deforme, en mis pecas, en todas aquellas cosas que menos me atraen de mí misma. Cristo viene a llenar toda mi vida, todas mis relaciones, mis deseos… Él se abaja para que yo suba. Necesito de los sacramentos para dejar transformar mi vida pequeña en una vida grande y bella, a la medida de Cristo. Mi vida lleva el sello de Dios.

En mi vida sobreabundan los regalos, los dones que Él me ha dado para unirMe más y más a Él, para vivir en Su Corazón y según Su medida. ¿Me doy cuenta? ¿Cuánto deseo recibir los sacramentos? ¿Cuánta es mi necesidad? 

Descubre aquello que Dios te regala y ámalo, los sacramentos son el mejor ejemplo. Una vida empapada de Dios, de gracia sobreabundante.