Una aldea gala

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo, toda la Galia está ocupada por los romanos…. ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Crecí con Astérix y Obélix, los protagonistas de las historias más emocionantes que puedas imaginar. Se bebían una poción que los hacía invencibles, gracias a la fuerza que ésta provocaba.

Todos ellos, se querían muchísimo, no tenían miedo del enemigo, ni tampoco a la muerte, y lo celebraban todo cantando (aunque no demasiado bien) y con banquetes.

Un tiempo después, en Galilea, un puñado de pescadores que seguían a un hombre, llamado Jesús, tampoco tenían miedo a la muerte, a su lado, se consideraban, incluso, inmortales, no les vencían sus enemigos, ni siquiera matándolos. También cantaban y lo celebraban todo con banquetes. Sí, creían en la Resurrección, y desde que Jesús murió por ellos, lo hacían presente en una celebración que, dicen, viene de una Cena Santa.

Hoy, nosotros, veinte siglos después de unos y otros, no creemos en los primeros porque se murió el que les daba vida, ni en los segundos, porque decimos que pasó hace mucho tiempo, o porque ponemos otras cosas delante del mayor regalo que pudo habernos dejado, delante de Él mismo que se nos dejó como comida. Si alimentáramos el alma con la comunión, pero de verdad, con toda la Fe, a diario, ni tendríamos miedo a la muerte, ni nos costaría vencer a los enemigos, también nos amaríamos del todo y vendríamos a celebrar Misa, dispuestos incluso a cantar, aunque sepamos poco.

Si nuestros sentidos fueran capaces de vivir aquello que se torna en el momento que Jesús, hace entrada en nosotros, nada de este mundo atormentaría nuestra persona, ni la enfermedad, ni la muerte, ni la envidia, ni el odio. Abandonemos los problemas del mundo, en ese momento glorioso de recibirlo y viviremos el gozo de la resurrección.

Creed, no hay ningún contratiempo que pueda teñir de oscuridad el momento de recibir al Señor. Tampoco consuelo más grato que el Cuerpo de Cristo recibido en las especies de pan y vino. O nos creemos que es un cuento como el de Astérix, o tenemos miedo de darlo todo por Él, como hicieron los Apóstoles.

Es llegado ya el tiempo de que nos preparemos para recibirlo como soldados. El soldado de Cristo, debe preparar su Alma, ante la dicha que está a punto de llegarle, a través de cada Eucaristía. Si vivimos para morir dignamente y ser testigos de la venida de Cristo al mundo, ¿qué parte no entendemos, anhelando y deseando cosas mundanas, cuando al recibirlo en la Comunión, se funde siendo parte de nosotros mismos? Vivimos cada día el milagro más grade que haya existido en el mundo, y olvidamos eso, tapándolo con preocupación y miedos, que no nos ayudarán a completar el ciclo de su vida y de su amor.

Deberíamos volar, sabiendo que no sólo somos testigos de su Resurrección cada día, lo ha magnificado más, somos portadores de su cuerpo. Si lo vivimos así, también nos amaremos entre nosotros, no tendremos miedo ninguno a la muerte, ni seremos vencidos por ningún enemigo y lo celebraremos juntos.

Nunca lo dudes, para lo que necesites, para corresponder a su amor, pase lo que pase, comulga. No olvides que no hay nada más importante y necesario que comulgar.

Sotana Rural