Los milagros existen

Los cristianos necesitamos los milagros para dar razón profunda de nuestra fe. Todo lo demás será adecuación al mundo, intentar dar sentido a lo que hay desde una realidad sin Dios, o con un Dios silente, callado, inoperante, distante y, en último término, inexistente.

Ahora bien, hablar de los milagros no es nada fácil y siempre será provocador. Y, ¡cuidado máximo!, hablar de milagro es atribuir a Dios algo, decir que esto es suyo, que ha estado aquí y ahora, que ha actuado en nuestra historia. Por tanto, que Dios no es espectador del teatro del mundo, que no es ajeno, que participa. Y, también, por cuestionante que sea esto, que muchas veces está, aunque no concuerde ni con mi voluntad (dominada por el “yo”), ni con mi inteligencia (que sabemos a ciencia cierta que parte de una ignorancia que olvida), ni con mi deseo (que es, en ocasiones, reducción de todo a lo simple), ni con mi parecer (“el parecer” movido siempre por lo superficial y la apariencia).

Es más, llegados a este punto, convendría recordar precisamente que Dios es vivido siempre como Misterio, que la experiencia primera de amor que tuvimos con Dios fue siempre tan propia y personal como incomparable. ¿Por qué al profeta Oseas se le ocurrió hablar del amor con una prostituta para hablar del Amor de Dios con su pueblo? ¿Era normal?

Conviene recordar qué cambió nuestra vida. No fue un encuentro sin más, como tantos otros. No es una experiencia a la altura de unas vacaciones de verano, o un curso de no sé qué, o una fiesta sorpresa por nuestro cumpleaños. Se trata de un acontecimiento muy singular. ¿Por qué el Evangelio habla de la hora en la que algún discípulo conoció a Jesús, del momento casi exacto? ¿Por qué algunos encuentros, muchos de ellos, terminan diciendo que empezó de un modo terminó de otro, muy semejante a Jesús?

En última instancia, en el milagro lo que está en juego es la lógica de la persona y su percepción, más que la razón misma. Es más, la razón que acoge a Dios y la fe, no encuentra lo extraordinario que se relata en las publicaciones de ciencia ficción. Al final, esta razón se vuelve del lado de lo cotidiano, de lo que no será reseñable para casi nadie y puede ser olvidado para la mayoría, pero será razón que sabe que un día sucedió algo especial, algo sintomático, algo que dejó huella, algo que quedará para siempre, algo de lo que se podrá dudar incluso.

Milagro es, visto desde fuera del Evangelio, lo incontestable. Cuando nos adentramos en él, el milagro es la acción de Dios en la historia, tan libre que aporta libertad y a la que estaremos obligados a responder: aceptación de un mundo nuevo o rechazo para permanecer en lo que entendemos. No es un martillazo a nuestra vida, para destruirla como algunos pretenden “ayudar” a otros. Es más un breve desvelamiento, quizá la brisa suave, una incomprensible Palabra que fecunda nuestro interior, la terca imposición del Bien, su Verdad y su Belleza.

José Fernando Juan – @josefer_juan