La familia Bellido ante la vida y la muerte de Ángel

Ángel Bellido, marido, padre y abuelo ha vivido y fallecido de forma ejemplar, con sus luces y sus sombras. La iglesia de Santa Joaquina de Barcelona nos ofrece su testimonio.

Aquel muchacho desde de pequeño asistía con asiduidad y devoción a la Santa Misa, participando activamente de los oficios incluso como monaguillo… ¿iba a ser su vocación la del sacerdocio? Él seguramente se lo preguntaría, pero los silencios de Dios a veces son más atronadores que las propias palabras que salen de su boca y tomó una camino distinto al de la vida consagrada, pero sin perder nunca la vocación a la vida cristiana.

En sus años universitarios acudió a una catequesis de Kiko Argüello, del Camino Neocatecumenal, quedó entusiasmado. Posiblemente había escuchado todos aquellos años en la Iglesia que Dios era bueno, que había entonces que sacrificarse para corresponderle, no pecar, realizar buenas obras … pero nunca hasta ese momento había escuchado que Dios ama también a los pobres, a los que no pueden, a los desgraciados, a los que odian, a los malvados, a los enemigos ¡¡a los pecadores!!

Debido a las dificultades de la familia en la que había crecido, sentía pánico a formar él una familia. Tener una mujer, hijos… aquello era misión imposible.  ¿Que quería exáctamente Dios de él?  Aquellos escrutinios le abrieron una grieta en el duro corazón recubierto de tantas inseguridades y complejos acumulados con los años. Al poco tiempo el Señor vio propicio ponerle delante, sin él pretenderlo, a Maria del Mar Recoder, una jovencita catalana que tenía aquel entonces 18 años, y que había comenzado también el Camino. Pero debido a la infancia que había tenido, le costaba enormemente ver la bondad del otro hacia él, el amor de su entorno, de su familia, de su mujer, de su comunidad, de sus compañeros.

Era el amor de Dios la única tabla de salvación que verdaderamente podía sostenerlo. Dios lo había elegido desde antes de crear el mundo, y Dios no se equivoca. La elección de Dios, sorprendentemente, es irrevocable. Hagas lo que hagas, seas lo que seas, o digas lo que digas.

Tuvieron 9 hijos, a los que siempre consideró un regalo, un don inmerecido, el fruto de una elección y de una obra de lo Alto. No había nada en este mundo que le preocupara más: la fe para sus hijos.

Un día, después de un partido de futbol le apareció un dolor en un costado. Algo no funcionaba. Él, en la medida que podía, seguía sirviendo, ayudando, estando al frente de su gran familia, y aceptando con paciencia los sufrimientos que le estaban aconteciendo, apoyándose en las manos de Dios con la oración y los sacramentos.

Hasta que un día vino el fatídico diagnóstico: cáncer. Estaba afectado; hueso columna, pulmón e hígado’.

Lo que a cualquiera le derrumbaría a Ángel le hizo más fuerte. El día 25 de abril, sábado, después de meses sin poder recibir la comunión por las dificultades del estado de alarma, el P. Juan Muñoz celebró la Eucaristía con él en su casa. Mientras Ángel se mantenía sereno, su mujer e hijos lloraban desconsolados. Había recibido la noticia la mar de tranquilo, incluso bromeando.

Estando ingresado en el hospital y con el P. Felipe o.c.m, uno de los capellanes, tuvo otro regalo: Habló con Kiko Argüello un rato por teléfono. El que le había predicado el Kerygma  le animaba ahora en los últimos momentos de su vida.

En la última Eucaristía, en la que participaron él y varios de sus hijos, el P. Muñoz  le preguntó si tenía miedo a la muerte,  y él respondió con una calma impropia de un moribundo que no, no tenía miedo.

Quedamos en congregarnos por la mañana para ir a ‘despedirle’, porque estaba todavía consciente. Era el último momento para agradecerle todo lo que había hecho por nosotros, todo lo que nos había cuidado, enseñado, transmitido. También era el día propicio para la reconciliación y el perdón. Nuestras heridas como hijos, sufrimientos, lastres, incomprensiones, castigos, injusticias… quedaban unidos a los de Ángel, y a los de Jesucristo. También nosotros íbamos a hacer Pascua: Nuestra muerte iba a transformarse en vida.  Es indescriptible el dolor que causa en el corazón de un hijo saber que ya no podrás nunca más volver a hablar con él y recibir una respuesta.

Tras el fallecimiento, su mujer María del Mar, pudo despedirse de su marido, con el que había compartido más de 40 años de vida conyugal. Le quitó el anillo y lo besó. A Angel se le había quedado la cara rígida, seria, y la boca entreabierta, como si quisiera hablar. Intentamos cambiar la posición de la cabeza respecto del cuerpo, para ver si de forma natural se le cerraba la boca. Imposible, no se podía prácticamente mover y volvía a la posición original. Pensamos en ponerle algún lazo alrededor de la cabeza que hiciera presión, pero entre que no era una solución estéticamente óptima y que además era ya mediodía y había que organizar las comidas creímos conveniente dejarlo para más adelante. Sin embargo algo sucedió en poco más de una hora, cuando volvimos a la habitación tras la comida y con sorpresa y sin que nadie hubiera intervenido, se le había cerrado la boca y se le había quedado una expresión totalmente distinta, llena de paz y hasta con una sonrisa en los labios. Pensamos ciertamente que algún hermano había pasado y lo había preparado pero tras consultarlo concienzudamente nadie había forzado nada. Es como si en su cuerpo, a través del rostro, se hubiera impreso la señal de que su alma había visto ya el Paraíso.

Puedes leer este testimonio completo en el portal de la parroquia Santa Joaquina