Historia de mi vocación

    Nunca había pensado en ser sacerdote.

    En Septiembre de 2002 fui a un evento de música católica llamado Hallel en la ciudad de Franca en el estado de São Paulo, en Brasil. En los cuatro días del evento pasaron por ahí cerca de 180 mil personas. Había muchas bandas, comunidades, sacerdotes, monjas, etc. Un ambiente de Iglesia joven muy bonito. En un momento, mis amigos y yo vimos una casita en medio de los kioscos y decidimos entrar para ver qué era. Había un sacerdote vestido con un traje negro y clergyman dando una charla. Todos la disfrutamos y al final dejé mi nombre en una lista que me la presentó una señora, pensando que algún día me enviarían un correo electrónico, una revista o algo similar.

    Para sorpresa mía, el martes después del evento, cuando ya había regresado a mi ciudad y a mi vida ordinaria, sucedió algo curioso. Por la noche yo estaba haciendo un curso pré-universitario. Recuerdo que alrededor de las 9:00 pm, el chico que era el secretario del curso, Fabio, un conocido mío, ingresó al salón y me llamó diciendo que había dos sacerdotes que querían hablar conmigo. Me peg un buen susto, pero fui a ver de qué se trataba. Cuando los vi, recordé que había visto a uno de ellos en el Hallel y comenzamos a hablar. Después de un tiempo, el sacerdote me preguntó si quería hacer un retiro vocacional. Yo lo “mandé a volar”. Honestamente, en ese momento, no tenía ningún interés vocacional, porque hasta entonces nunca había sentido ningún llamado de Dios. El sacerdote, antes de irse, me dejó una tarjeta con su teléfono y correo electrónico.

    Mi llamado lo sentí a principios de junio de 2003. Recuerdo que solía rezar todos los día en el trabajo; salía unos minutos para tomar un poco de aire y aprovechaba también para rezar. Un día, aproximadamente una semana antes de cumplir 20 años, mientras oraba, sentí una luz (interior, espiritual) muy fuerte que me decía «¿Por qué no? ¿Por qué no seguir a Dios más de cerca?”. Fue algo tan fuerte que no pude olvidarlo después. Sin embargo, tenía dudas porque no estaba seguro si realmente venía de Dios o de mi cabeza. Solución: hice un «trato» con Dios y “acordamos” que íbamos a arreglar ese cuento en un retiro en Canção Nova (una comunidad carismática), llamado Campamento Corpus Christi.

    Entonces, también la providencia debería empezar a actuar. Yo logré ir al campamento, conciliando el trabajo y los estudios, pero mi novia no. Fui con los amigos y ella se quedó.

    Como todo buen católico carismático, disfruté mucho el campamento. Con los amigos, “la pasamos bueno” esos cuatro días. Sin embargo, mi enfoque fue diferente. Estaba esperando ansiosamente una respuesta de Dios. El primer día, jueves, pasó y nada. Viernes y nada. El sábado, que pensé que iba a ser el gran día y … nada. El domingo, la verdad, ya no pensaba más en ello y, como todavía no había recibido una respuesta, me sentí aliviado porque sabía que no era algo de Dios. Y así fue mi última mañana en Canção Nova – 8 am, 9 am, 10 am, 11 am … Salíamos a las 12 pm y, alrededor de las 11:30 am, sucedió nuevamente. Recuerdo muy bien ese momento. Éramos un grupo de seis amigos charlando. De repente, uno se va al baño, otro a comprar bocadillos, otro a la librería y yo … me quedé solo y, en ese momento, una luz (como la que había traspasado mi alma hace unos días) una vez más penetró mi corazón. Ya no había forma de huir, Dios había enviado su respuesta. Salí de allí, sin que nadie lo notara, y fui a una capilla cercana para firmar el «contrato» con Cristo.

    Entonces me acordé del curita que me había visitado hace unos meses. Le conté toda mi historia y él me animó a seguir el llamado de Dios. Sin embargo, había un problemita – la novia.

    Fui a un retiro con esos curas que usaban sotana en noviembre de 2003. Me gustó mucho y decidí que ingresaría en enero de 2004. Cuando regresé a mi ciudad, tenía que hablar con ella. Cuando regresé el domingo por la tarde, fui a verla. Estaba en la fiesta de la parroquia. Llegué manteniendo todas las apariencias posibles, tratando de no llamar la atención y así estuve hasta que se terminara la fiesta. Luego, fui con ella a su casa para que pudiéramos hablar. Recuerdo muy bien el momento, porque fue difícil terminarlo todo; pero ya no había vuelta atrás, Dios definitivamente había conquistado mi corazón. Terminamos nuestra relación en paz y seguimos con la amistad, para la confusión de muchos de nuestros amigos, que seguían preguntándonos si nos habíamos separado o si todavía estábamos juntos.

    Finalmente, llega el 4 de enero de 2004. Con un extraño sentimiento de nostalgia (“saudades” en portugués), me fui con toda mi familia al noviciado. Al llegar, vi a los otros candidatos y me sentí fuera de onda: ¡todos en ropa social y solo yo en pantalonetas con gafas oscuras! Y lo más difícil fue la despedida de mi familia. No había llorado en mucho tiempo, pero en ese momento no pude contenerme. Lloré. Lloré porque sabía que estaba dejando uno de mis bienes más valiosos, el mayor regalo que Dios me había dado. No me costó mucho dejar la universidad, mi trabajo, mi auto, mi teclado, etc., cosas que me había costado conseguirlas; pero me costó mucho dejar a mi familia. No sabía que estaba apegado a ellos hasta ese momento. Solo entonces me di cuenta de cuánto los amaba.

    Y así comenzó la aventura más bella de mi vida, es decir, mi vocación. “Todos los que por causa mía hayan dejado casa, o hermanos, o padre, o madre, o hijos, o terrenos, recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna” (Mt 19,29). Y diecisiete años después, puedo decir que lo que Cristo dijo es totalmente cierto.

    Padre Danilo Stradioto, LC