Mi Fe lo es todo. Testimonio de Enrique Iber

    Mi nombre es Enrique y soy un joven de 22 años de Madrid. Me considero cada día más afortunado de haber crecido en el seno de una familia cristiana y de conocer a Dios. 

    Desde pequeños, tanto mis hermanos como yo hemos sido educados en los valores cristianos. Fuimos todos a colegios católicos, recibiendo una formación excelente tanto académica como espiritualmente. Esto segundo es lo que más valoro hoy en día. 

    Miro atrás y me doy cuenta del esfuerzo que hicieron mis padres para transmitir a sus hijos lo que para ellos era lo más importante. En primer lugar, dando ejemplo, porque es fácil mandar y enseñar con palabras, pero es difícil cumplir y, sobre todo, vivir todo aquello que se enseña. En segundo lugar, siendo coherentes con la formación humana que recibíamos en el colegio. Aquello que me enseñaban en el colegio era lo mismo que yo veía al llegar a casa al ver a mis padres: cuidando los pequeños detalles, el valor de la familia, la importancia de la formación y muchas otras cosas más. Esto ha sido lo que más ha ayudado a crecer en la Fe y a ser la persona que soy hoy en día. El ver que con Fe y confianza en Dios todo tiene sentido y es coherente, que la Fe es compatible con formar una familia y tener un trabajo; no es una cosa de locos que se privan de vivir y de pasárselo bien. Al contrario, la Fe me ha ayudado a aprovechar al máximo cada uno de los momentos de mi vida, tanto los buenos como los malos. 

    La verdad es que me considero una persona afortunada: tengo la posibilidad de estudiar la carrera que me gusta, tengo una familia extraordinaria, estoy bien de salud y gracias a Dios no he pasado momentos muy malos en mi vida. Como todos, he pasado por momentos mejores y peores: encontronazos de opiniones con mis padres en casa (sobre todo desde que vivo yo solo con ellos ya que mis hermanos ya no viven con nosotros), enfermedad de algún familiar cercano, se estancan los estudios… En todas estas situaciones, la Fe me ha ayudado a salir adelante, abandonarme en los brazos de la Virgen y confiar en Dios, que Él procura siempre lo mejor para nosotros. 

    Sin obviar la necesidad de la Fe y el apoyo en Dios en los momentos más duros, y la “facilidad” de perder la Fe en esos momentos dejándose llevar por el dolor; me gustaría centrarme en hablar de la importancia que tiene la Fe en los momentos buenos de mi vida, en los que todo va bien, parece que la vida está encauzada y todo va según lo planeado. Son esos momentos en los que más me dejo llevar un poco por la comodidad y “pierdo” la Fe poco a poco alejándome tal vez de Dios hasta que vuelvo a pasar por un bache y me veo necesitado de nuevo de su ayuda. 

    Por otro lado, los momentos en los que más cerca me he encontrado de Dios ha sido al dar gracias. Pararme un poco a pensar y darme cuenta de lo afortunado que soy, me ha hecho intentar cuidar más el trato con Dios, aumentar mi Fe y fortalecerla cada día un poco más para estar mejor preparado cuando llegan esos baches en la vida. Desde mi punto de vista el pilar fundamental de la Fe es tener una relación de confianza con Dios.

    La confianza no es algo que se crea de un momento a otro ni surge rápidamente, es algo que hay que ir elaborando poco a poco, al detalle, con constancia y mucho trato. De ahí la importancia que le he visto desde pequeño a la educación que he recibido, en la que me han enseñado a ver al Señor en lo más pequeño y en los actos más insignificantes del día a día. Llegar a darme cuenta de que absolutamente todo lo que ocurre en mi día a día es gracias a Él, que sin su ayuda nada de lo que he alcanzado en mis 22 años de vida habría sido posible. Naturalmente, necesito su apoyo en los momentos difíciles, pero igual de necesario es saber reconocer que mis éxitos no son sólo míos, sino que son plenamente suyos, gracias a la Fe que ha ido creciendo conmigo desde pequeño y sigue creciendo hoy en día. Cuidar los detalles del día a día: al pasar delante de una Iglesia, bendecir la mesa, ofrecer el día por la mañana, hacer un examen de conciencia por la noche… pero sobre todo dedicar un rato de oración diariamente, es lo que más me ayuda a intentar estar más cerca de Dios. He de reconocer que hay muchos días que estoy muy distraído, me pongo a pensar en otras cosas y tengo la sensación de que no saco fruto de la oración. Sin embargo, a veces los días en los que más distraído estoy, sentado delante del sagrario pensando en mis cosas, más presente tengo a Dios. Me acuerdo más de Él cuando hago las cosas: ese examen que me preocupaba, ese plan con amigos que tanta ilusión me hacía… Cuando llega el día de todo eso que me distrae durante la oración me acuerdo de que eso mismo que estoy haciendo me distrajo delante del sagrario, pero ahora me hace acordarme de Él, ¡Bendita distracción! 

    Ir creciendo junto a Él, cuidando el trato con Dios y creciendo en confianza; el sentarme delante del sagrario y saber que ahí está, dispuesto a escuchar cada una de mis insignificantes preocupaciones, mis inseguridades, mis alegrías y mis penas. Saber que estará siempre ahí cuando más lo necesite, eso me hace seguir aprendiendo y creciendo en la Fe.

    Enrique Iber Díaz