Mi visión de la Fe. Angie Mantilla

Me llamo Angie Mantilla, tengo 20 años y estoy encantada de poder decir que Dios es mi padre y que no sería quien soy ahora de no ser por Él.

Como he tenido la gran suerte de haber nacido en una familia muy devota, siempre he estado en contacto continuo con el Señor. De hecho, he aprendido mucho de lo que significa llevar una vida cristiana gracias al gran ejemplo que me han dado siempre mis padres. Ellos son personas que están ahí para cualquiera que lo necesite y los admiro mucho por eso. Me han enseñado que, tal y como dijo la madre Teresa de Calcuta, “la fe en acción es amor y el amor en acción es servicio”. Creo que la certeza incuestionable que me transmite esta afirmación es una de las muchas razones que me motivaron a empezar a estudiar psicología en la universidad. Mi intención es conseguir que, algún día, gracias a mi trabajo, la vida de aquellos que acudan a mí se vuelva un poco mejor. Siento que esta es la manera en la que puedo poner mi vida al servicio de Dios y esa idea me hace muy feliz.

Saber que Él me quiere y que está conmigo me da una seguridad que no podría proporcionarme nada o nadie de este mundo. En ese sentido, considero que tener fe en Dios es comparable a saber que, al final, pase lo que pase, todo saldrá bien. La vida me ha demostrado que, muchas veces, aunque de entrada no lo parezca, algo que al principio te ocasiona mucho sufrimiento puede llegar a ser algo muy beneficioso para ti, algo que te hace crecer y que te convierte en una mejor versión de ti mismo. No hay mal que por bien no venga. Así pues, para mí, la clave está en confiar en que Dios hace las cosas por algún motivo y en creer que las pruebas más duras son las que más nos enseñan y de las que más podemos aprender. En octubre de 2005, mis padres y yo dejamos Colombia y nos vinimos a vivir a Barcelona. Esta experiencia, fue dolorosa y difícil ya que dejar atrás todo lo que conoces y a aquellos a los que amas no es agradable para nadie. Sin embargo, hoy, prácticamente quince años después, soy plenamente consciente de que, a pesar de las penurias vividas, esta experiencia no hizo más que aportarnos cosas buenas. Haber empezado de cero en un nuevo país avivó mucho mi fe porque me permitió entender mejor por qué todos somos hermanos en Cristo. Gracias a esta vivencia pude comprobar que el mundo está lleno de buenas personas que te pueden hacer sentir como en casa, aunque estés a miles de kilómetros de esta. En definitiva, podría decirse que la moraleja de esta historia es que ahora tengo dos familias. A una me une la sangre y a la otra la amistad, pero, en cualquier caso, las quiero a las dos por igual y con locura.

Así pues, con los años, he descubierto que, de un modo u otro, el Señor siempre se las apaña para que sepamos que nunca nos va a dejar solos. Si nos fijamos bien, podemos observar cómo está continuamente con nosotros. Yo, por ejemplo, lo veo cada día en los rostros de las maravillosas personas que ha ido poniendo en mi camino: mi madre, mi padre, mis abuelos, mis tíos, mis primos, mis amigos, un profesor encantador que me dijo las palabras adecuadas en el momento preciso, un médico que me hizo sentir mejor solo con su amabilidad, una panadera alegre que hace que madrugar para ir a comprar el pan no sea tan terrible…

Sé que nunca seré perfecta y que, sin darme cuenta y a pesar de tratar de evitarlo, pecaré un incontable número de veces, pero mi seguridad en la existencia de Dios me impulsa a intentar imitar a Jesús con todas mis fuerzas. Después de todo, solo a través de Él podemos llegar hasta el Padre.

Para acabar esta reflexión, quería agradecer a todos los que estáis detrás de Jóvenes Católicos que me hayáis permitido compartir mi forma de ver la religión. Con vuestro increíble trabajo ayudáis a muchas personas (entre las que me incluyo) a sentirse más cerca de Dios. Gracias por recordarnos que no estamos solos y que son muchos los que comparten nuestra fe.

Angie Mantilla Rincón