«El anillo desea volver a aquellas manos que tan facilmente lo aceptaron»

¿Dónde quiere ir el demonio? A donde hay debilidad. Pero todos nosotros somos débiles, podríamos pensar. Sí.  Pero tenemos voluntad y Gracia de Dios. Esa es la diferencia.

Una cosa es caer y otra aceptar la caída. Esta es la gran gran diferencia. El pecado después del pecado es lo que más anhela el padre de la mentira. Porque sabe que la desesperación es la única arma que tiene para llevar almas al infierno.

Porque una persona, aunque peque, en el momento que reconoce su culpa ya está volviendo a la casa del Padre. Este reconocimiento de nuestra culpa, una vez más es una gracia de Dios. Dios te da la gracia de hacerte ver la culpa. Ahora nos toca a nosotros ver si la aceptamos o no.

Si la aceptamos y vamos a confesamos, hemos de dejar a un lado la vergüenza. Fácil no será, porque el demonio trabaja de la siguiente manera: «Nos quita la vergüenza para pecar pero nos la da para confesarnos».

Pensad un momento lo siguiente. Pecamos con nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestras acciones, pero todo esto siempre decimos que son dones de Dios. Por tanto, pecamos con dones que nos ha dado Otro y ofendemos a Quién nos los ha dado. Vamos con nuestro cuerpo entero contra el Dador. ¡Menudo desagradecimiento!

Que no suene esto a un mensaje desesperanzador, pero sí que nos puede ayudar a pensar en la realidad del pecado. Suceden muchas cosas cuando pecamos y nos las han explicado mil veces, pero la siguiente frase es muy muy cierta: Nadie rompería un regalo delante de quien se lo ha regalado, ni a escondidas. Entonces, ¿porqué lo hacemos con Él?

Él sabía que le fallaríamos y por eso instauró la confesión. Que no pase mucho sin que nos confesemos. Que sepamos volver hacia la Fuente, la frescura del Origen.  Necesitamos esa gracia del arrepentimiento. Os diría que nos fijaremos en nuestra Madre como modelo de arrepentimiento, pero ella fue «Llena de gracia», así que me parece más adecuado fijarse en el buen ladrón. El objetivo de nuestra vida tiene que ser que cuando lleguemos ante la presencia de Jesús nos pueda decir, como al buen ladrón, » hoy estarás conmigo en el paraíso».

Pablo Navarro