O todo o nada, pero a medias, nunca

    Así intento vivir mi fe, la fe que he recibido de la Madre Iglesia. Verano del vetusto COU…
    proyectos, esperanzas, un sinfín de posibilidades y un hastío de vida acuciante, imperioso, que me llevó a suplicar a lo alto: «Dios, si existes, haz que te conozca«. Y le conocí. Un viernes 2 de junio entre las 20:00 y las 21:00 me encontré con aquel Dios, Hombre de carne y hueso, quien, colgado en la Cruz, expresaba un amor por mí más cierto y grande que cualquier otro, un amor humano-divino. Ante un amor tal, sólo se podía responder con la entrega de la entera vida. Y el día siguiente, sábado 3 de junio, comprendo que la forma concreta en que Dios me llamaba a entregarle mi vida era en virginidad consagrada, entendiendo en la JMJ 2000 de que sólo podría permanecer en aquella vida que estaba recibiendo, en la Iglesia, entre cristianos, entre los que le han visto y le han oído. Y así
    comienza un aprender todo: a rezar la Liturgia de las Horas, a pasar larguísimos tiempos en adoración ante el Santísimo, a rezar el Rosario, a ir a Misa todos los días, a confesarme, a abrir mi vida en dirección espiritual, a tener amigos con los que me unía la fe, a leer libros de espiritualidad, a servir en la parroquia, a estudiar Teología y a responder a la llamada de Dios mediante votos privados, es decir, a vivir en pobreza, castidad y obediencia sin una vinculación a una forma de vida reconocida públicamente por la Iglesia.

    Y tras unos años de «Hechos de los Apóstoles», el Espíritu —porque cuando nos dejamos conducir por el Espíritu, la vida es una historia apasionante y sorpresiva— me llevó a Nazaret a una vida de silencio, contemplación y trabajo, en la que, aparentemente nada es espectacular, pero en la que, en lo aparentemente inútil a ojos del mundo actual (Griego, Latín, Teología, Padres de la Iglesia, en definitiva, las denostadas Humanidades), el frasco precioso de una vida entregada a Jesús se rompe esparciendo su fragancia y su unción.

    Me apasiona Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre; me enamora su Humanidad; me fascinan los cristianos que se juegan todo por su fe, los de entonces (San Ignacio de Antioquía, San Justino, San Ireneo, San Efrén…) y los de hoy; y pido un corazón mendicante para servir a través de la Teología, como quien pisa tierra sagrada, a aquellos que tienen hambre y sed de Jesús, con la certeza de que la gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es ver a Dios (San Ireneo de Lyon).

    ¿Cómo vivo yo la fe? Con la seguridad de que Dios puede exaltar mi pobre barro a sus alturas divinas. Basta decir: «Amén» y convertirse en peregrinos.

    Raquél Oliva Martínez – @saluscarnis