2 columnas: sobre la fragilidad y la gracia

El 29 de Junio celebrábamos la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, las dos columnas de la Iglesia. Y cuando escuchamos este título nos parece hablar de dos personajes férreos y firmes. Sin embargo, repasando un poco su historia, vemos cuál es la lógica de su fuerza, que radica en el reconocimiento de su fragilidad.

Comenzamos por San Pedro. Nos centramos en los dos evangelios de esta fiesta (Misa de vigilia y la Misa del día). En la Misa de víspera nos encontramos con Jn 21, 15-19 con ese “Simón, hijo de Juan, me amas más que a estos”, etc. Este texto es inseparable al Evangelio del día Mt 16, 13-19 con el “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. El segundo Evangelio precede al primero.

San Pedro se fía de sus propias fuerzas y es capaz de responder de una forma contundente ante la pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Y la delicadeza de Jesús que sabe que Pedro le va a negar y no le reprocha su respuesta, al contrario, lo pone como el primero entre los Apóstoles diciéndole: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra…”. Cristo escoge a Pedro sabiendo que es frágil, pero le quiere mostrar dónde radica su fuerza.

Sabemos que Pedro niega al Señor, lo niega ante una criada del templo. Y llora. Aquí comienza la historia de Pedro como columna construida sobre las lágrimas de la traición. En el pasaje del Evangelio de Juan vemos cómo Pedro duda de sí mismo. Jesús le pregunta no solamente 3 veces sino 3 cosas: Primera: “me amas más que a estos”; segunda: “me amas”; tercera: “me quieres”. Parecen matices pero no lo son. Pedro se pone triste, pero no porque le preguntara tres veces, sino porque la tercera vez le preguntara si “le quería” en vez de si “le amaba”. Jesús rebaja su exigencia de amor a Pedro. Y Pedro se reconoce frágil, y que el fundamento de su fidelidad no está en su vehemencia sino en el amor del Señor, en la gracia, en ese “no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre”. Es Dios quien nos capacita, no nosotros mismos.

Vamos a San Pablo, el Apóstol de la gracia. Pablo estaba seguro de sí mismo en la Ley. Era fariseo a machamartillo, cumplía a rajatabla la ley del Señor. Y Cristo sale a su encuentro y lo tumba, le muestra la fragilidad con la ceguera (tiene que entrar en Damasco de la mano, tremendo).

En la segunda lectura de la Misa del día 2 Tm 4, 6-8, 17-18 nos resume San Pablo su recorrido, el combate por la Fe. El Apóstol recuerda constantemente en sus cartas que todo es obra de Dios en él, que ningún mérito tiene: “es Cristo que vive en mí”. Dice San Pablo en esta carta: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje (…) él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!”.

San Pablo se reconoce débil, frágil, necesitado de la gracia de Dios, sabiendo que dejándose llevar por sí mismo, acabaría en el pecado, negando a Dios. Dice en 2Cor 12, 7: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”. También dice 1Cor 1, 28: “y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta”.

De esta manera, San Pablo tiene clarísimo que es en la fragilidad donde nos damos cuenta de que debemos construir desde Dios, y que sin Él nada podemos.

Si las dos columnas de la Iglesia se apoyan sobre lo que no cuenta, despreciemos de nosotros mismos buscar ser algo para el mundo, no busquemos contar, pues quedaremos anulados por lo que no cuenta. La fuerza se realiza en la debilidad para que Dios pueda lucirse. Si a través de mí, que soy un desastre, Dios quiere obrar maravillas, tendré por seguro que no será por mí virtud, sino por la Virtud de Dios.

San Pedro y San Pablo, orad por nosotros y por la Iglesia.

Padre Pablo Pich-Aguilera