Omitir la sonrisa a veces, puede ser el mejor modo de poner las cosas en su sitio

Seguimos leyendo el libro de Luis Carlos sobre la sonrisa. Continuamos con la dimensión social del la sonrisa personal. Muy interesante esta vez, el valor educativo y de amonestación que puede conllevar, precisamente, no sonreír a veces.

Sonreír es amar. En algunas ocasiones, dejar de hacerlo puede serlo también. Este gesto es un regalo, un don, pero no puede ser moneda de cambio ni prestarse al chantaje.

No siempre es prudente corresponder a una cara risueña con otra. Dejar de hacerlo o, simplemente, ignorar al otro puede ser un correctivo, un signo de desaprobación o una manera de querer decir muchas cosas. «A buen entendedor, pocas palabras».

No siempre se les puede reír las «gracias» a los niños. Ni devolverles la sonrisa. A veces, habrá que ponerles cara seria, sobre todo cuando hacen una trastada y nos la quieren justificar con una de sus «ingenuas sonrisas». Nuestros hijos son personas a las que hay que prestar atención y educar para vivir en sociedad y en la verdad desde la infancia.

La gente menuda, ciertamente, no es consciente muchas veces de lo que hace, pero saben emplear todas las tretas y artes que pueden para conseguir lo que quieren. Dar a los niños todo lo que se les antoja es un error de bulto. Si queremos que un hijo deje de sonreír de adulto, démosle todo lo que nos pida.

Cuando el niño miente o trata de salirse con la suya, la respuesta habrá de ser un «no» dicho amablemente.

El niño pronto va a dejar de ser niño para entrar en la adolescencia, esa etapa de la vida tan delicada en la que el ser humano ni es niño ni es adulto, pero está muy despierto su «yo». En estos años el niño empieza a entender de rostros y a discernir lo que quieren decir. Curiosamente, la adolescencia es la etapa en la que se sonríe menos y en la que se rechaza sistemáticamente casi todo.

Cuando el adolescente sonríe habrá que saber descifrar lo que quiere expresar. Y si ella o él se muestran voluntariosos o quieren llevar el agua a su molino, tendremos que cerciorarnos de que sus pretensiones son razonables. El adolescente no está seguro de sí y es muy posible que su sonrisa busque un cómplice en la nuestra.

Los jóvenes y los adultos que entienden ya mucho de gestos y conocen bastante bien los múltiples registros y matices que ofrece el rostro saben que, en ocasiones, lo correcto es dejar de sonreír al otro sea en familia o fuera de ella. Una salida de tono, una ocurrencia de mal gusto, un chiste procaz, una grosería no son de recibo por mucha chispa que tengan.

Tampoco es lo más ajustado a la verdad aprobar comportamientos, gestos y actitudes irresponsables, por muy graciosas que pudieran parecer a los demás.

Claro que también se puede desaprobar o amonestar sonriendo, aunque parezca un contrasentido, ya que los gestos pueden decir muchas cosas.

La sonrisa manifiesta acogida, aprobación, compromiso, disponibilidad, premio, coqueteo, etc., pero a veces omitirla puede ser el mejor modo de poner las cosas en su sitio.

Publicado por rsanzcarrera en Tan_gente