Cristo, mi centro, mi ESPERANZA

    Mi nombre es Balbino, soy un joven de 21 años procedente de Priego de Córdoba, y acogido temporalmente en la castiza ciudad de Madrid. Acabo de graduarme en bioquímica, con vistas a hacer un máster.

    Desde pequeño recibí educación cristiana en un colegio católico, pero no fue hasta los 12 años (fuera de aquel colegio) que decidí escuchar la llamada que el Señor me estaba haciendo.

    Junto con mi mejor amigo, fui a un campamento de verano que organiza la asociación Misioneros de la Esperanza (MIES) en la sierra de Córdoba. En aquel momento, no podía llegar a imaginar la repercusión que aquella decisión tendría en mi vida. Así, con el paso de los años, fui dejándome guiar por los distintos miembros de MIES de mi pueblo, que, pasito a pasito, me iban llevando de la mano hacia Cristo.

    A los 16 años, empecé a ser catequista de un grupo de infantiles (postcomunión) en la parroquia de la Trinidad, y monitor de campamentos de verano, ambas actividades pertenecientes al apostolado de MIES. El Señor empezaba a darme alguna “pistilla” más sobre la que es mi vocación. Dentro de mí había un deseo de entregarme a esos niños y acercarles a Jesús, como anteriormente habían hecho conmigo.

    Un par de años más tarde, comenzaría una de las etapas más bonitas de mi vida, el discernimiento sobre si mi vocación era ser misionero de la esperanza. Esa etapa finalizó el pasado 12 de Octubre, cuando el Señor me regaló la oportunidad de vincularme a MIES delante de la Esperanza Macarena de Sevilla. Sin duda alguna, el mejor día de mi vida hasta la fecha.

    ¿Cómo vivo mi fe? Intento vivirla con esperanza y alegría, siendo consciente de que Dios me quiere, y me llama a ser santo. En este mundo, no soy más que un mero instrumento de Dios al servicio de su reino, deseando entregarme a quienes más lo necesitan: los niños y jóvenes.

    Siento que Cristo es más que un amigo, y, como en cualquier amistad, tengo ese deseo de encuentro. A partir de la oración, de ese estar con Cristo, nace mi confianza en Él para vivir la fe con alegría, y luchar para poder llevar su reino a la Tierra. Aunque claro, luego la realidad es que soy un poquillo desastre a la hora de ser constante en la oración… sigo pidiendo al Señor para que me de esa gracia.

    En mi madre,  la Virgen María (en especial su advocación de Virgen de la Esperanza) encuentro uno de mis mayores modelos de fe. Ella me enseña a vivir la fe desde la humildad, la sencillez, el servicio a los demás, la obediencia, la confianza en Dios, la esperanza… y tantas otras virtudes. Se dice que “en MIES, Ella lo ha hecho todo”, y, desde luego, no tengo ninguna duda de que ha sido así. En los momentos más importantes de mi vida, he sentido que Ella, la esperanza de mi vida, ha estado presente. Qué reconfortante es saber que tengo una madre que cuida de mí siempre.

    Por último, el otro pilar sin el cual no podría vivir la fe, es un regalo precioso que Dios me ha hecho: el poder compartir mi fe rodeado de hermanos tan maravillosos. Por una parte, como misionero de la esperanza, pertenezco a la comunidad de Nuestra Señora de Belén, de Priego de Córdoba. En la comunidad, hermanos de distintas edades compartimos esta preciosa vocación, e intentamos caminar juntos en una misma dirección: ser cristianos contemplativos en el mundo para acercar a esos niños y jóvenes a Dios. Cuanto bien ha hecho la vida comunitaria en mi fe,  y las personas que has puesto en mi vida a través de ella. No tengo ninguna duda de que el Señor me habla y me cuida a través de mis hermanos de comunidad.

    Por otro lado, desde hace cuatro años, también vivo mi fe en un grupo de jóvenes de la Parroquia de San Bruno (Madrid). En esa parroquia, el Señor ha seguido regalándome personas increíbles con las que compartir la fe; y la maravillosa tarea de continuar mi apostolado con un grupo de jóvenes de confirmación, junto con uno de mis mejores amigos.

    Espero haber aportado mi granito de arena a aquella realidad eclesial tan maravillosa (yo, desde luego, siempre consideraré San Bruno como mi segunda casa), y ojalá pueda seguir haciéndolo algún tiempo más. Allá donde me quiera el Señor, estaré disponible para llevar la alegría de la buena noticia.

    Muchas gracias a Jóvenes Católicos por la oportunidad de haberme ofrecido dar mi testimonio.

    Dejo por aquí a modo de despedida el estribillo de mi “canción de misa” favorita, espero que os ayude en vuestra oración.

    “Cristo mi centro, mi ESPERANZA, mi sentido, mi calor. Es mi contexto, Él es mi casa, mi sosiego, y mi valor. Y dejaré cuanto me aparte de la vida que me da. Mi libertad está en tus manos, eres mi FELICIDAD” (Cristo mi centro, Misioneros de la Esperanza).

    Balbino Yagüe Jiménez