El ceño fruncido es enemigo declarado de la sonrisa

Hoy, que amaneció gris en Gijón, nos viene como anillo al dedo este comentario de Luis Carlos Bellido en su libro Aprender a sonreír.

El ceño fruncido es enemigo declarado de la sonrisa. ¡Hace falta tener mucho oficio para poder sonreír cuando se está enfadado!

Cuando estamos de mal humor y sacamos fuera la parte fea que llevamos todos dentro, los músculos de la cara se tensan, el semblante se ensombrece y la sonrisa se va de vacaciones.

Que levante la mano el que no haya perdido los papeles más de una vez y no haya montado un numerito por una nadería. Todo el mundo, incluida la gente virtuosa, se suele coger sus enfados de vez en cuando y por motivos más bien triviales. Decía Benjamín Franklin que «siempre hay razones para estar enfadado, pero éstas rara vez son buenas».

Ir con cara de pocos amigos por la vida es de lo más fácil. Desde que suena el despertador por la mañana hasta que nos acostamos no sobran razones para estar enfadados: preocupaciones, contratiempos, desaciertos, pequeños roces. Sobre la mesa de trabajo hay más de lo mismo un día sí y el otro también, y, de vuelta a casa, lo de siempre: las tareas del hogar, los niños, las facturas, etc., etc.

¿Hemos de andar de morros y armar la gresca a la primera de cambio? Por supuesto que no. Si alguna vez, nos comportáramos así, haríamos bien en estudiar la causa. No nos vaya a ocurrir lo que a aquel amigo mío que llevó a su hijo al psiquiatra y que después de unas sesiones con el especialista llegó a la conclusión de que quien necesitaba ir al psiquiatra era él.

La mayoría de nuestros enfados no tienen razón de ser; y cuando, en algún caso, la tienen, haríamos bien en actuar con inteligencia y autodominio. No es bueno dejarse llevar por la ira o el mal humor. Ganamos más hablando con la gente en tono dialogante y con espíritu abierto.

Además, hay mejores maneras de ahuyentar la sonrisa que ir con la «declaración de nuestros derechos» por delante. Cuando nos sentimos en posesión de la verdad no solo no escuchamos, sino que con nuestra actitud prepotente provocamos los enfados de los demás. Con las personas amables, educadas, en cambio, la posibilidad de enfadarse es mucho menor.

Ciertamente, los enfados son a veces inevitables. Ahora bien, si queremos ser amables y que nuestro semblante ilumine el ambiente, tendremos que estar atentos para no dejarnos llevar por el mal humor. Y si en alguna ocasión molestamos u ofendemos, lo propio es pedir perdón con una sonrisa, a ser posible.

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¿Se puede cultivar la sonrisa? ¿Cómo? Sonriendo siempre que sea posible, pero de verdad.

No olvidemos que el cultivo de la sonrisa se apoya en la educación de virtudes: optimismo, alegría, buen humor, magnanimidad, etc.

Publicado en Tan_gente por rsanzcarrera