Anunciar el Reino de Dios

Estos días la memoria se dibuja entre anhelos de reencuentros, de historias llenas de fragilidad, por esa Cruz ocasionada por la pandemia que ha zarandeado nuestra vida como una tempestad oscura y larga, provocando en nosotros sinsabores, rutinas quebradas, por una comodidad pasada a veces en mucha calma, donde Dios nos ha pedido profundizar más en el Evangelio, hacer vida apasionado del Cristo pobre y sencillo que camina junto a nosotros, lejos de la indiferencia y muy cercano al amor de la verdad proclamada, como San Mateo: “Id y predicad: El Reino de los Cielos está al llegar”.

En muchas ocasiones durante estos meses, he deseado volver a casa, a ese lugar donde están mis amigos, esa familia que me han dado el don de la amistad que siempre ha procurado Dios en mi vida, ellos son los que me salvan, donde mi corazón ha soñado con abrazar rostros, desde esa resurrección anticipada en esta tierra.

Nunca desde estas letras me he sentido con fuerzas para desahogarme, el miedo paraliza y te hace dudar, Dios siempre nos lleva por el camino que más nos conviene, han sido muchas horas en soledad atrincherada, lágrimas derramadas, ausencias con heridas que aún duelen, no es poner nombre a la queja, pero sí, a pesar de este tiempo, hablar de gratitud, mucha era la carcoma que había en mi alma, egoísmos, frustraciones, y este también ha sido tiempo de discernimiento en lo personal para apasionarme más con el proyecto de Jesús en mi vida. En este periodo difícil de nuestra historia, el Señor me ha enseñado a llorar con las lágrimas de los demás, con su sufrimiento, no siempre soy yo el que tiene los problemas, no soy yo el epicentro del mundo, el centro de mi vida debe ser Jesús, en ese amor por las pequeñas cosas, por lo sencillo, por lo frágil, por una vida entregada a los demás, el triunfo de nuestra existencia será la fidelidad en Jesús de Nazaret.

Cuantas preguntas surgieron en mi interior… llamadas, mensajes, oraciones, ¿que pasará después? ¿Qué vendrá mañana? ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida? Vivir no sólo es un don y una gracia, sino dignificar la vida de los últimos, seamos buscadores y soñadores, transformadores de un mundo mejor, de una nueva civilización que cree en el amor como la posibilidad que regalan las respuestas.

Curad a los enfermos, resucitar a los muertos, sanad a los leprosos”. (Mt 10,8) Nuestra palabra debe transmitir y acoger, dar testimonio con abrazo y caricia. Es momento de elegir la vida, no ser discípulos de desgracias, sino de alegrías, de humanizar a aquel que se acerca a nosotros, no se trata de ser mejor o peor, sino de que nuestra vida refleje, en obras y en palabras, la vida de Cristo en nosotros.

Que nuestra vida sea un canto, un camino nuevo, una bienaventuranza, sea anunciar y proclamar el Reino de los Cielos, al modo de Jesús, donde todo sea don y gracia, regalo y batalla.

Alberto Diago Santos