Cambio de rumbo. Testimonio de Isabel Martín

    Me llamo Isabel y tengo 21 años. Desde muy pequeña he estado cerca de Dios, gracias a la parroquia, los sacerdotes y la comunidad Pasionista de mi pueblo, que me hacía sentir como una más de la familia. Al principio, dentro de la Comunidad Pasionista, todo se reducía al Vía Crucis de la Archicofradía de la Pasión, que me llenaba de alegría cada Martes Santo cuando veía salir al Cristo de la Luz subido en su trono y clavado en la Cruz, al que todos los hermanos y demás feligreses acompañamos meditando y rezando las estaciones de la pasión de Cristo por las calles de Daimiel.

    Todo cambió hace unos pocos años, ya que la vivencia dentro de la Familia Pasionista cobró un nuevo sentido, se volvió mucho más profunda y todo ello se debe a lo que viví hace cinco años cuando falleció un familiar cercano a mí.

    En ese momento, me sentí perdida, hundida y me alejé de Dios. Después de dos años en un camino sin rumbo, una mañana de febrero llegué por casualidad a la Ermita del Cristo de la Luz. Allí encontré lo que, sin saberlo, tanto andaba buscando. Esa mañana tuve la oportunidad de acércame a Cristo a través de la imagen del cielo situada dentro de la Ermita. Al descubrirle en la Cruz, me di cuenta de lo que Cristo había sufrido por mí y de todo el tiempo que había perdido lejos de su mano, sin responder a su amor, buscando mis propios caminos…y me quedé paralizada. Pero ese dolor pronto se vio sobrepasado por la abundancia de su amor. Volvía a estar cerca de Él y la misma Cruz me hablaba de esperanza. Fue la solución para sobrellevar, con amor, la tristeza del alma. Sentí al Señor más cerca que nunca, en lo más hondo y profundo de mi ser.

    Como dice el profeta Isaías, “los que confían en el Señor, renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán.” Y así actuó el Señor conmigo, devolviéndome las fuerzas perdidas y ayudándome a caminar de su mano.

    En definitiva, no hay nada más grande que tener esperanza, creer en Dios y reconocer que somos fruto de su amor, caminando así hacia la vida eterna, hacia el gozo en plenitud de su rostro. El espíritu de Dios está y estará siempre en nuestro corazón, esperemos en Él.

    Isabel Martín